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El Taoro

Los hijos de don Jesús de Polanco, que una vez me presentó a Isabel Preysler en su Jardín Tropical, se han enamorado del Hotel Taoro. No me extraña. Este establecimiento centenario trajo los primeros turistas serios al Puerto de la Cruz. Decía Julio Camba que ningún país puede considerarse como un lugar de turismo mientras no vayan a él los turistas ingleses. Y también decía que un hotel donde no haya un inglés no parecerá nunca un hotel sino una pensión de familia. Camba conoció en París a ingleses que llevaban allí doce años y seguían siendo turistas, “haciendo el primo, como si acabaran de llegar”. El Gran Hotel Taoro ha resucitado, como un ave fénix del lujo y la sobriedad, la misma que siempre tuvo este lugar, por cuyos cálidos pasillos caminaron Agatha Christie y el rey Leopoldo de Bélgica, desde luego no juntos, este último pensando seguramente cuántos crímenes iba a dejar que sus súbditos y sus soldados cometieran contra la gente del Congo. Hay que volver a citar a Camba para estar de acuerdo con él en que el turista inglés lo admira todo sin cansarse, con una resistencia para la admiración que no tiene ningún otro turista. Al Taoro se puede llegar por el Camino de la Sortija, por el que mi abuelo trotaba a caballo para atrapar las cintas, junto a sus amigos de la familia Ahlers, que era una estirpe alemana cercana al III Reich. Han reverdecido los jardines que plantó Adolphe Coquet, un francés que era masón pero que tenía un gusto exquisito. Él diseñó el hotel, cuyo modelo han seguido fielmente los Polanco, quienes si tienen el mismo gusto que su padre conseguirán también toda mi admiración y mi respeto. Porque esta España destrozada necesita gente como don Jesús para que uno tenga algo que admirar.