tribuna

La emigración canaria a Australia

Entre 1958 y 1963, más de 7.800 españoles emigraron a Australia bajo un programa de emigración asistida acordado entre Madrid y Canberra. Aunque poco conocido, este capítulo migratorio, denominado Operación Canguro, incluyó también a emigrantes canarios, si bien en número reducido. El acuerdo se gestó por la presión conjunta de la Iglesia católica australiana -interesada en reforzar su base demográfica- y la industria azucarera del norte de Queensland, necesitada de mano de obra para la zafra. España, por su parte, veía en la emigración una vía para aliviar tensiones internas y captar divisas. Cada emigrante recibía subsidios para el pasaje de ida y un compromiso de empleo por dos años en Australia. Desde el inicio, Canarias fue señalada por las autoridades españolas como candidata ideal. El Instituto Español de Emigración destacó la experiencia azucarera de los isleños y su dominio del machete. Sin embargo, las autoridades australianas, aún influidas por criterios raciales tan propios del mundo anglosajón, desaconsejaron la inclusión directa de canarios al considerar que “estaban en África” y preferían poblaciones del norte peninsular, como los vascos. Aun así, algunos canarios lograron ser admitidos, aunque siempre canalizados desde la Península Ibérica. Los emigrantes, en su mayoría hombres jóvenes y campesinos, fueron destinados inicialmente a la recolección de caña de azúcar. Sin embargo, no tardaron en surgir dificultades: el idioma, el clima extremo y los trabajos duros hicieron mella. Centros de recepción como Bonegilla -el más importante de Australia en el siglo XX-, se saturaron, y las quejas aumentaron, sobre todo entre los “recomendados” -trabajadores de oficina que accedieron al programa por influencia, sin experiencia laboral adecuada-. Estos emigrantes “de cuello blanco” pronto se sintieron engañados y comenzaron a enviar cartas críticas a la prensa española, denunciando incumplimientos y condiciones laborales difíciles. También tuvo lugar el Plan Marta (1960-1963), una iniciativa de emigración femenina organizada por ambos países con el objetivo de enviar mujeres jóvenes, solteras y católicas a trabajar principalmente como empleadas domésticas en Australia. Hay constancia de la presencia de una mujer canaria, llamada Valentina Hernández Expósito. Pero en 1963, el Gobierno español suspendió ambos programas de forma unilateral. A pesar de ese final abrupto, muchos emigrantes -incluidos los pocos canarios participantes- lograron adaptarse y prosperar. Se integraron en comunidades rurales e industriales de Queensland, Melbourne o Geelong, enviaron remesas, y contribuyeron al crecimiento económico y social de su nueva patria. Tras la Operación Canguro, la emigración canaria a Australia no desapareció. Más al contrario, muchos isleños continuaron viajando por sus propios medios o como parte de programas familiares, en especial durante las décadas de 1970 y 1980. En lugares como Brisbane o Sydney se consolidaron pequeños núcleos insulares, ligados al trabajo en la hostelería, la construcción o la agricultura. Aunque numéricamente limitada, esta presencia posterior mantuvo vivo el lazo entre Canarias y el continente austral, contribuyendo a una diáspora diversa, persistente y poco estudiada. Hoy, aquella migración es símbolo de un tiempo de esperanzas y búsqueda de un futuro mejor, en el que también Canarias tuvo su lugar en la historia.