Lo que registra el orbe es que, en esto que se llama Occidente y civilización, el estrés es el signo manifiesto. Tanto que costumbres y regalos para la salud esta sociedad parece repudiarlos. Es lo que contó el fantástico escritor mexicano, el padre de Pedro Páramo, Juan Rulfo: los gringos nos desprecian porque no saben lo que significa la palabra “relajo”. La siesta, que daba sustancia al descanso, a veces incluso con pijama, se ha perdido. Conforme el criterio de los circunspectos y menesterosos, ese arreglo es primitivo y confirma el fin de la historia que no se puede perder. ¿Qué es lo que determina la cuestión para los casos? En el sentido estricto de la palabra esa presión que afecta tanto a lo físico como a lo psíquico no se explica con suficiencia. Pero de ese modo procedemos. Es decir, actuamos conforme al producir, al distinguirnos o a almacenar haberes, de dinero a lo que compra el dinero; o lo que es lo mismo, no nos comprometemos con el existir propicio. Le robamos los suspiros al tiempo y lo sentenciamos a nuestro alrededor, tanto que más de una vez nos sumerge en la boca del mismísimo infierno.
Así se ajusta el dilema. Incluso alguno alega que, frente a lo que ocurre con los otros seres vivos de la Tierra, de las flores a los animales, el lobo y el león que cazan y descansan, eso somos, ese atropello nos define, una especie poco digna. Porque la cosa no es tanto el vivir por el vivir (Juanito, el de mi pueblo, que no trabajó un solo día de su vida) sino concretar cuáles son o deben ser los estados del vivir.
¿Qué concreta la presión? La incompetencia de los seres racionales, el primar lo que se aleja de la constitución misma del ser, defender lo superfluo, lo perentorio, lo antojadizo frente a lo constitutivo y sustancial. El signo del capitalismo se extiende: admirar al más rico y al que ha ideado un medio para atesorar (Google, Inditex…) Lo que ha entusiasmado a los hombres por los siglos de los siglos ahora se mira con reparo, incluso desde los planes de estudio: el arte, la literatura, la música… Esas materias que forman al espíritu, al disfrute y la alucinación.
El planeta es diminuto para los individuos tales y cuentan con poco tiempo para atesorar. Así es que no pocos se bajan los pantalones y le muestran las nalgas al mundo. Un conocido que visto lo visto reunió en un fardo los objetos imprescindibles y se marchó a una playa de África en un país innombrable; u otro que, no por premura religiosa, se metió de monje. Uno en pro de la naturaleza, otro en pro de la meditación, de la reflexión, del pensamiento y de la lectura. Cuando eso ocurrió entendí lo que otro amigo me comentó en su momento: proclamo como propiedad incuestionable y sustancial ante el universo el derecho que me asiste a aburrirme.
