Nunca entendí por qué mi abuelo paterno, Pedro, a quien quise tanto como a mi padre, era tan obseso de la puntualidad. Yo era su chófer y el de mi abuela, los llevaba a todas partes con mi entusiasmo de los 18 años y el carné recién estrenado, en el Simca 1000 que él compró en Hernández Hermanos y que le costó 200.000 pesetas. Un Simca azul, matrícula TF 22424, que yo intenté recuperar al cabo de los años, con la mala suerte de que lo habían desguazado. Recuerdo todos los detalles de ese coche, al que mi padre maltrataba, porque mi padre era poco cuidadoso con las cosas. A cada momento juego a ese número de lotería, el de la matrícula, pero sin suerte hasta el momento. Cuando obtuve el carné, lo primero que hice fue pasar por la barbería de Servando, en la plaza del Charco, conduciendo con el codo por fuera. Le toqué la pita y Servando, en una mano las tijeras y en la otra el peine, se plantó en la puerta y gritó: “¡Pollaboba!”. Tenía razón. El Simca duró años, hasta que mi madre lo sustituyó por el modelo siguiente, pero era tan mala conductora que estuvo a punto de dejar sin plantilla a la escasa dotación de la Policía Municipal del Puerto de la Cruz. Los guardias que dirigían el tráfico le atraían como imanes y, en lugar de frenar, mi madre aceleraba. Al final claudicó, entre saltos al vacío de los gendarmes, y no renovó el permiso. Ahora yo padezco del mal de la puntualidad que sufría mi abuelo y llego a todas partes con mucho adelanto. Cosa de viejos. Y, además, me obsesiono con lo que tengo que hacer al día siguiente y les doy vueltas y vueltas a las cosas más triviales. Uno tiene que vivir sus propias edades.
NOTICIAS RELACIONADAS

