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Milagrosamente hoy

Ilustracion: María Luisa Hodgson

Lo cantó Pau Donés en el Valle de Arán poco antes de morir a causa de un cáncer de colon: “Todo me parece bien / Me siento bien conmigo / Nada tengo por hacer / No tengo líos / Solo tiempo que perder / Y el corazón tranquilo / 

Hoy me siento bien / Deliciosamente bien”. Qué bien cae la letra cuando la vida ya no pesa. Lástima que en el camino hacia el último hálito se niegue todo, incluso la verdad, sostiene Sabina. Es la frágil condición humana que afecta del mismo modo a Paquis compulsivas en El Corte Inglés que a Borbones que lo cuentan casi todo en memorias autorizadas. Visto el percal, el almuerzo privado de la Familia Real (rey emérito incluido) hoy sábado, 22 de noviembre, en El Pardo promete tiranteces, peccata minuta si de lo que se trata es celebrar los cincuenta años de la monarquía parlamentaria hispana. Y ahí, Juan Carlos I bien merece un homenaje doméstico con codornices estofadas y tartar de corzo. El pueblo es consciente de que el hombre se curró la Transición. Luego, las faldas y demás desmanes inherentes a la sangre azul lo echaron a perder. Por fortuna, su hijo, Felipe, y su nieta, Leonor, no comulgan con el rancio abolengo.

Pelillos a la mar. Al igual que tras la muerte de Franco España se abrió al diálogo, la parentela regia de La Zarzuela también está por la concordia. No le queda otra si quiere perpetuarse en la más alta representación. El bramido republicano empuja fuerte y el mal ejemplo no es buena estrategia. Así lo dejó entrever ayer viernes Felipe VI en el Palacio Real de Madrid durante el acto de imposición del Collar de la Insigne Orden del Toisón de Oro a su madre, la reina Sofía, al expresidente del Gobierno Felipe González y a los padres de la Constitución Miguel Herrero y Miquel Roca

La Casa Real tiene claro que la asistencia del emérito a actos oficiales todavía no procede. Eso sí, en el discurso del rey sí estuvo presente. Lógico. Al igual que las continuas alusiones a la reconciliación frente a la victoria ideológica. Palabra y pacto, dejó claro el monarca, no concilian con grito e imposición. Su intervención asentó la importancia de cuidar el proyecto país sin apartar sensibilidades. Estuvo bien su majestad. Puso el foco en los aciertos de la Transición, garante de consenso y unidad, y no en conmemorar el óbito del caudillo. Hace cinco décadas que el dictador falleció, aunque da la impresión que está más vivo que nunca. Resucitarlo es la consigna, enterrar el espíritu de convivencia de la Transición es directriz. Flaco favor está haciendo la retórica guerracivilista a la joven democracia española.

Felipe VI, en sintonía con la ciudadanía hastiada de la polarización, habló para quienes hacen de la confrontación su modus operandi habitual. Solo hay que analizar las reacciones al fallo condenatorio del Tribunal Supremo a Álvaro García Ortiz, fiscal general del Estado, para constatar el clima insufrible que azota a la convivencia. La posición partidista constante está menoscabando la confianza en las instituciones. ¿Cómo es posible que el portavoz del PSOE en el Congreso, Patxi López, tilde de “auténtica vergüenza” la inhabilitación a García Ortiz por revelación de datos reservados, que el ministro Óscar López la considere “injusta” o que la vicepresidenta Yolanda Díaz alerte de que se trata de una “sentencia política”? La deslegitimación de los organismos que ejercen control sobre el poder saliente de las urnas se ha convertido en tónica habitual. Pero el pollo se montará de forma similar cuando la otra bancada se rasgue las vestiduras si, llegado el caso, el Tribunal Constitucional revoca la decisión del Supremo. 

El enfrentamiento entre mayorías conservadoras o progresistas, y entre populismos extremistas de izquierda y derecha, están encendiendo incontables cerillas de fanatismo. Milagrosamente hoy las bayonetas no calan.

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