psicologÍa y canariedad

Remar en tierra propia

El velero sigue su curso. No se ha hundido, pero cada vez hay más canarios braceando en el agua. Esta travesía -que empezó como juego de identidades- se ha convertido en un viaje de urgencia. A bordo, entre olas y silencios, compartimos reflexiones con Francisco García-Talavera, Javier Linares-Bencomo, Daida, Rumen Sosa, Rubén Jiménez, Patricia, Alfredo y otros que no caben en una sola línea.


El objetivo: pensar la Canariedad desde la psicología, la historia y la vida cotidiana. Y lo hacemos como se debe: con viento en la cara y verdad en la boca.

Las facetas del Yo
Planteo que la identidad colectiva funciona como la individual con varias facetas de uno mismo. Hay un Yo sano, realista, que acepta sus fallos, se enfoca en lo positivo y busca alternativas ilusionantes, como pueblo que conoce sus limitaciones y trata de mejorar, en base a su autoconfianza, su capacidad constructiva y superadora.


Pero también hay un Yo que se acobarda y no cree en sí mismo, invadido por la ansiedad, siente miedo y se ve inseguro. Solo sabe decir: “No sé”. “No puedo”. Lo llamamos el Infra-Yo, porque se pone por debajo de la mesa.


Y Javier pregunta ¿Cómo se forma? Bajo la tiranía de un Yo ideal, resaltando lo que creo o tengo que ser. Esto me da fuelle, pero me desinflo por ser inalcanzable. Lo peor es el Contra yo, un esbirro a su servicio, exigente, crítico y saboteador, que en los pueblos colonizados se remarca (Psicología del colonizado) y arrastra por siglos, mostrándose maltratador, perfeccionista y haciendo burlas de sí.


Y como defensa engañosa, aparece el Ego: ese exhibicionismo de banderas y folclores, prepotente, rígido, dogmático, sin compromiso real, que culpabiliza al otro, y grita más cuando se siente menos.


Daida, graduada en Turismo y Periodismo, trabaja de camarera. Mira fotos en su móvil de un apartamento que acaba de visitar, el precio le hace arrugar la nariz. “Los papers dirán que mi generación es la más dual, la menos nacionalista. Y es verdad: yo quiero viajar, me siento ciudadana del mundo, pero cuando me dicen que no puedo vivir donde nací, la canariedad me sube por la garganta como un nudo”. Lo expresa sin saber que está haciendo teoría:
-Ser canaria hoy es vivir en un paraíso en venta. Y el orgullo es el combustible que te queda cuando ya no puedes pagar el alquiler.


Ahí es donde sale ese 11% independentista en los jóvenes de 19 a 24 años. No lo son por romanticismo político, sino por supervivencia emocional. Es un grito que dice: “¡Devuélveme el lugar donde dormir!”

Javier: la sangre y el arraigo
Javier Linares-Bencomo, cabrero de Chasna y descendiente de menceyes de diferentes islas. Su genealogía, marcada por la antigua práctica de la endogamia, revela cómo ciertos ancestros aparecen por ramas paterna y materna, en varias líneas con múltiples repeticiones por todo el árbol. La identidad, aquí, no es una etiqueta: es herencia viva.


Habla desde el duelo por su padre recién muerto:
-Papá, cada parte de mí lleva algo tuyo.
Y luego, con firmeza:
-No soy un mero residente. Soy canario. Esta tierra no puede seguir siendo una zona de sacrificio. No cabemos más. No se trata de xenofobia, sino de justicia territorial.

Patricia y Rubén: la asfixia y el olvido


Patricia, desde la asociación Magarza, lanza su propio SOS:
-Canarias vive una asfixia. Crecimiento descontrolado, turismo, migración, coches, edificios… Y el ninguneo institucional del Estado hacia los menores migrantes.
Rubén, ingeniero y defensor del silbo, añade:
-Solo en lo que va de 2025 han llegado más de 2.800 menores no acompañados. Y mientras, seguimos sin reconocernos como herederos de un legado guanche de dos milenios. La identidad es como un árbol: si no reconoces tus raíces, te secas.
-A mí me duele e indigna -salta Rumen-. Canarias parece ser el escalón más lejano y más bajo de la llamada patria. Es como si se repitiera el “Tributo de Sangre”, aquel que obligaba a cinco familias canarias a emigrar por cada 100 toneladas de vino exportado.

Rumen: la inmigración
que no se nombra
Rumen Sosa, historiador, dispara contra la arribada de políticos ultra: -Si de verdad les importara la inmigración, hablarían de su grupo, el más numeroso, igual que otros europeos, todos con alto poder adquisitivo que desplazan al canario. Son ellos los que nos expulsan. Pero ningún político se atreve a decirlo. Todo es cobardía y complicidad.
Y añade: en Fuerteventura, donde vivo, los majoreros ya son minoría. Nadie podrá decir que no lo sabía: los datos están ahí.

Alfredo: el aguafiestas con cifras


Alfredo provoca lanzando porcentajes como dardos:
-¿Por qué la identidad sentida como canaria ha bajado del 45% en 2010 al 29% en 2022? En contra, la identidad dual -tan canario como español- ha subido al 64%. ¿Por qué ese bajón? Es lo que digo, la canariedad se va a pique… ¿Por qué?
-De acuerdo -intervengo-. En la comparación Autonomía-Estado, los canarios hemos solido estar entre los primeros, sintiéndonos más canarios que españoles. Cierto, hay un viraje a partir de 2022. ¿Por qué? Se debe a más de una razón, como el peso de la roja o el gobierno socialista en Canarias, pero pienso que el procés català generó un sentimiento anticatalán, que afectó a que la gente se sintiera española. Lo contrario del contagio nacionalista tras el franquismo. El problema es la ceguera sobre la identidad.

García-Talavera: el cofre de los apellidos
Francisco García-Talavera nos recuerda que la identidad, además de la genética (un 60% de los canarios tiene genes maternos guanches), está la de los apellidos (identidad onomástica):
—-La población guanche sobreviviente fue bautizada con nombres y apellidos castellanos, también, portugueses. Los más distinguidos conservaron el Bencomo, Oramas, Guanarteme, Arucas, Tacoronte… siendo nuestra identidad onomástica un tesoro. En ella conviven guanches, normandos, castellanos, genoveses y flamencos: Perdomo, Berriel, Melián, Umpiérrez, Marichal, Spínola, Casañas, Reverón, Viña, Artiles, Brier, Febles, Monteverde o Van de Walle, y, por supuesto, portugueses, algunos, auténticamente canarios, por formarse aquí: Barbuzano, Dorta, Déniz, Socas, Pestano y Ravelo. Y evidentemente, castellanos, en alusión al padrino o a ilustres, ocupando los puestos 1º y 2º González y Rodríguez; mientras Hernández el 3º, en España se sitúa el 13º, indicando la innegable identidad onomástica de los canarios. Somos mezcla, sí, pero con memoria.


¿Y ahora qué?
El velero sigue. No se hunde, pero hay que achicar agua. La Canariedad no es una bandera ni una nostalgia. Es una construcción diaria, una psicología compartida, una memoria que se defiende con dignidad.


Quizás el reto esté en eso: en pasar del Ego al Yo, del grito al proyecto, del desgarro a la propuesta. En dejar de ser náufragos para volver a ser navegantes. Y mientras el sol se pone sobre el Atlántico, Daida se levanta del portal, Javier acaricia su perro pastor, Patricia organiza una reunión, Rubén silba en la proa, Rumen anota cifras, Alfredo resopla y Francisco apunta en su libreta. Seguimos remando. Porque ser canario hoy es eso: remar en tierra propia, aunque el viento sople en contra.