tribuna

De nuevo diciembre

Mi primer árbol de Navidad fue una rama de almendro, con unas pocas bolas y algo de espumillón. A mí me parecía el más bonito del mundo. En casa seguimos haciéndolo el 8 de diciembre, como cada año. No hace falta mucho para que una casa se sienta hogar: basta repetir lo que da calma. Mis hijas -aunque ya son mayores- esperan ese día con la misma alegría de cuando eran pequeñas. Siempre surge la duda de quién pondrá la estrella este año, aunque cada una tiene muy claro quién la colocó el anterior. Disfruto de verlas; pienso en cómo esas costumbres sencillas nos devuelven al hogar, a la infancia, a lo que somos, de pronto me sorprendo mirándolas como si el tiempo fuera un invitado que se sienta con nosotras sin hacer ruido. Supongo que por eso cuido tanto que su casa les siga sabiendo a hogar. En cada familia hay gestos que pasan desapercibidos: una forma de encender las luces, un modo de guardar las cosas, una manera de empezar diciembre sin pensarlo. Son detalles mínimos, pero dicen más que cualquier historia larga. Lo que ocurre fuera también cuenta: las fiestas que pasan rápido, las calles que se llenan un día y se vacían al siguiente. Pero lo que perdura suele ser lo de dentro, lo que repetimos sin darnos cuenta, lo que nos hace sentir en casa, aunque no lo nombremos, porque lo demás pasa tan deprisa que apenas nos toca. Antes, muchas de esas costumbres celebraban el cambio de estación, pedían lluvia, daban gracias o simplemente reunían a los suyos. Cada una tenía un motivo, un origen, un sentido, a veces pienso que seguimos buscándolos sin darnos cuenta. Vivimos en un mundo global que parece devorado por el consumismo. Aprendemos costumbres nuevas -Halloween, luces, villancicos de otros lugares-. Eso también tiene su valor. El problema llega cuando lo ajeno sustituye a lo propio, cuando olvidamos por qué hacíamos las cosas, cuando lo simbólico se vuelve simple decoración. Las tradiciones no son reliquias. Son la forma más sencilla que tenemos de contarnos quiénes fuimos y de entender quiénes somos. No importa si vienen del campo o de la ciudad, del frío o del sol, del ayer o de hace un minuto: todas tienen sentido cuando se viven con respeto, cuando se sienten, cuando nos reúnen. Con mis hijas siempre he intentado que esas tradiciones les traigan el olor de su infancia, la casa donde han crecido, y que, con el paso de los años, les quede el calorcito de la familia, ese que no se aprende: se reconoce.