de remplÓn

El bocadillo de pata

Leyendo El primer trago de cerveza, del escritor Philippe Delerm, a uno se le ocurren muchas cosas. Delerm nos anima a dar un garbeo por los pequeños caprichos con aroma a croissant, nos invita a ir al campo a coger moras, al cine para ver cómo se ilumina el altar en medio de la oscuridad de la sala; a saborear con atención los pequeños placeres de la vida, a sentir el retrogusto único del primer trago de cerveza. Y algo así me pasó el otro día cuando pedí un bocadillo de pata con un café con leche de obrero. Porque justo en el momento en que me estaba sabiendo a gloria bendita el bocata, leí en el DIARIO DE AVISOS la noticia del brote de peste porcina africana en Cataluña. Y es que soy capaz de atravesar el desierto de Atacama caminando con una cantimplora, si al otro lado me espera un buen bocadillo de pata. Porque si la pata de cerdo está buena y hay un chicharrón de regalo, no creo que exista un bocado más sabroso en la faz de la tierra.

Me gusta ponerle sal al bocadillo de pata como hacíamos los noctámbulos que aterrizábamos en el bar Habana, frente al Mercado Central de mi infancia canariona. No hay que ser un genio ni un premio nobel en Química, o así, para darse cuenta de que el bocadillo que ha provocado todo este escándalo estaba chungo, aunque el Gobierno y la Generalitat investigan si el virus se escapó, también, de un laboratorio. Y en ese estado un bocadillo puede funcionar como un arma sin gatillo. Y así fue. Este suceso que llena de opiniones las tertulias es un motivo más para traer a colación la protección del lobo ibérico, mi animal preferido, ya que este hermoso animalito cumple con una función de limpieza ecológica fundamental.

El lobo evita, en muchos casos, que esta peste que afecta a cerdos y jabalíes no llegue a convertirse en un problema como lo es ya. Y, aunque los expertos dicen que es seguro comer cerdo y sus derivados, el asunto me obliga a mencionar otro bocadillo de suplente que me atrevo a recomendar. Es un clásico. Se trata del bocadillo de queso amarillo y mantequilla, escachado o sin escachar, que degusté más de una vez en el desaparecido bar La Troya, muy cerca de la plaza del Adelantado, en mi querida ciudad de San Cristóbal de La Laguna, Patrimonio de la Humedad, según Paco Santana el de Piedra Pómez.

TE PUEDE INTERESAR