Mi pareja lo comentó: sería una desgracia maléfica el que salgas de vacaciones y regreses a tu casa en una caja para muertos. Porque el asunto es ese: viajar por placer, por curiosidad o inquietud y regresar transformado por el encuentro, por lo que encarna la lejanía, lo extraño, lo que está fuera de las evidencias, eso, pero nunca muerto. Mas no siempre ocurre de ese modo, como se sabe. Por ejemplo, nos entregamos a la maravilla de los fiordos noruegos y recorres las distancia requerida para la visita en verano. Llegas, ves y recapacitas. Solo te ofrecen el 10% de lo que es, pero resulta fastuoso, a pesar de las evidencias, del comercio, etc., etc. Asististe y te traes los resultados en la memoria y en los soportes adecuados para rever y constatar el tanteo singular y único, no que caigas por un tobogán a la fosa de un abismo frío. O se presenta ante ti el dilema del desierto y no lo puedes despreciar. Lo buscas en el Sáhara. Un natural fidedigno te acompaña hasta lo inescrutable, hacia la visión de lo infinito, hacia el color apabullante, hacia lo funesto, hacia lo que contiene todos los granos de arena del mundo, hacia lo que atrae y compromete la vida. Y te embebes las noches sediciosas por el frío, el clamor de todas las estrellas y los alaridos del silencio. Eso se aprecia, como se aprecia aquí, en Canarias, lo que nos delimita: el pródigo mar. Que con el clima sumiso, moja cuerpos e inunda el placer confortable por el agua salada. El contacto con el líquido se afirma y hace levitar. Pero el mar soporta otra consigna manifiesta: es la zona sin huellas, la zona que toca la tierra, y desde la orilla se percibe a la entidad que muestra su severo poder y la entidad que se centra en el misterio y en la proyección. Los humanos recordamos el principio cristiano, medieval y perpetuo: la tierra es lo finito y reconocible, el mar es lo infinito, lo permanente, la imagen de Dios. Y eso muestra: hombres y mujeres ante semejante rigor, ante semejante contundencia de lo intratable. En tierra la duración, en el mar lo indescifrable y eterno. Eso es lo que atrae del mar, y eso (pese a quienes no lo conocen, a quienes no sospechan del peligro real que siempre lo abraza) y se acercan a él sin temor a lo que les pueda pasar. Eso fue lo que les ocurrió a los cinco muertos de Los Gigantes por el mar bravío. Surte el sortilegio de lo recóndito, de lo jamás visto. Y cabe el acercarse, el tocar su espuma, aunque esté prohibido. Eso sucedió, el impulso hacia el fenómeno por atracción, que es irrenunciable. La presencia del mar ignoto, apartado de la experiencia, es lo que ensarta el primor. Y a veces, en intercambios como ese, vale la pena arriesgar la vida.
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