despuÉs del parÉntesis

El rostro

Sobre qué cimientos se construye la identidad definida, la identidad distintiva?, preguntó el hechicero ante sus fieles para que respondieran sin dilación a su propósito. Pues habría de justificarse no tanto que el mundo fuera mundo sino dar sentido a que uno, solo uno, descollara, asumiera la astucia, reluciera y guiara a los elegidos sin remisión hasta las mismísimas fauces del prodigio. Comunicó a la multitud que de este modo siempre la existencia ha actuado, por los siglos de los siglos, desde los persas, los griegos, los romanos con Augusto, los indios en sus feudos o los chinos presos en las largas extensiones que los confinan. Pues las luces en este tiempo, que son las luces que señalan al líder, al magno líder confirman al impar que ha de ser distinguido. Ver el rostro o contemplar los claros retratos y pinturas que lo clavan en el universo es lo que afianza el juicio entre los hombres. La arenga del sabio Bakuk Kakik no era lerda, no era distraída y no era impune; pues la rebeldía a él lo rescataba de lo difuso y aquellos que seguían su camino habrían de responder por lo que les dictaba. De ese modo ocurría porque lo inestable es lo que contaba con asiento entre los nacidos: el preclaro alzado sobre los valores y la voluntad no dejaba ver su rostro, siempre se lo contemplaba oculto por caras bufandas, máscaras u otros pertrechos. Luego, la severa casualidad no era compartida ni tampoco la concisión del designio. Porque solo la consecuencia tiene sustento ante quienes dejaron caer el sol sobre sus tumbas. Y ese era el mandato: buscar al digno, encontrarlo y desvelar su figura. Las huestes de Bakuk Kakik así lo hicieron. Recorrieron con esmero y valentía las haciendas y los poblados, buscaron por donde sabían que vagaba y encontraron al divino ejecutor en plaza pública, frente a sus tropas, dispuesto a convencerlos para atacar y conquistar. Así dispuestos, los secuaces y persuadidos entraron por la trasera, atacaron sin conmiseración a los guardianes hasta la muerte fidedigna y penetraron por la espalda de su dueño. “Has de descubrirte”, le rogaron. “¿Descubrirme para qué?”, respondió. “Para conocerte, porque solo de ese modo vive el tiempo”. “La identidad es parcial”, les dijo. “Somos muchos yo y todos distintos. La identidad solo designa al único, y yo lo soy mas no en el ser, yo he de representar al todo”. Tiró de las fundas de su rostro y dejó ver lo vago que lo constataba: unos ojos negros y una boca del mismo tenor que deliraba por los abismos. “Eso soy, eso es lo que me designa, eso es lo que debéis comunicar para que se acredite”. El sabio Acadei Emir alzó la espada y atravesó el corazón. La operación de Bakuk Kakik fue eminente: con claras sustancias arrebatadas a lo eterno y precavidos pinceles en su mano delató la incertidumbre. Y esa fue la efigie que recorrió todos los recovecos del imperio para que se reconociera.

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