psicologÍa y canariedad

La identidad canaria: una poeta, un cabrero y yo

MI EXPERIENCIA
Descubrí mi identidad canaria fuera de las islas, al estudiar en Madrid. Coincido con Ralph Linton: la cultura es tan omnipresente que no se percibe hasta salir de ella, como un pez que solo nota el agua al abandonarla.
La identidad personal son los rasgos que te hacen ser tú, y, sin embargo, no estar a gusto contigo, incluso censurarte y despreciarte (baja autoestima).
La identidad colectiva es el sentido de pertenencia a un grupo (naturaleza, acento, gastronomía, folclore, psicología, costumbres, cultura, historia…).

COMPLEJO DE INFERIORIDAD
Yo me sentía canario, pero ¿por qué mi identidad referencial —la valoración de lo canario— no era positiva? ¿Me avergonzaba? En parte sí. Nadie me despreciaba: era yo quien proyectaba un complejo de inferioridad.
A veces había señales externas, como el padre de mi compañero vallisoletano que me aseguraba que “algún día hablaría bien castellano”. Con el tiempo superé ese complejo, junto con un mayor conocimiento sobre Canarias, que fue potenciando mi identidad.

EL PASADO SIGUE VIVO
EN EL PRESENTE
¿Existe un complejo de inferioridad histórico en los canarios? Creo que sí, fruto de la conquista y colonización, que generó un sentimiento de inferioridad, reforzado por educación familiar, pese a casi un siglo de lucha, suicidios rituales y alzados, se prolongó hasta los actuales canarios.
La identidad de pertenencia y la de referencia pueden chocar, como ocurrió con criados negros del sur de EE. UU. o con algunos judíos en campos nazis, que se identificaban con el agresor.

CONOCER PARA AMAR Y AMARSE: ISABEL MEDINA
Conocer nuestra realidad natural y cultural repercute en nuestro ajuste personal, y viceversa. He visto cómo muchos adolescentes superar su visión negativa de Canarias y de sí mismos gracias al Natura y Cultura de las Islas Canarias: ¡La importancia de la identidad y del conocimiento de las islas para potenciarla!
Aquí, inevitablemente, surge Isabel Medina, nacida en Hermigua en 1943, maestra partera que ayudó, como Sócrates, a sus alumnos a nacer culturalmente: “desde Canarias al Universo”.
Se indignó al ver que la historia y cultura canaria “cabía en un folio” del currículo . “Si no existen los cuentos canarios los hago yo”, se dijo, creando Cuentos canarios para niños. Por ejemplo, su poema Había una vez una nube gandula nació para explicar la laurisilva. Este compromiso fue reconocido con el Premio Tamaimos 2024, por su trabajo en defensa de la cultura y la identidad canaria.

LA AULAGA QUE UNE
La aulaga es ese vegetal espinoso, como un cabello afro, que seco, el viento lo hace rodar como una bola por terrenos desérticos, me llevó a unir a Isabel con Javier Linares-Bencomo, mi amigo cabrero, y no se trata de contradecir su reafirmación de autonomía feminista de no querer ser media naranja.
Hace tres años Javier me escribió desde el contenedor de 5 metros2 donde vive en el monte, deshilachado y frío, arrastrado por la vida como una aulaga seca. Le respondí, pero siempre me quedó la culpa de su soledad entre riscos, perros y cabras.
«Estamos cansados. Nos jallamos solitos. Barriguita jarta, corazón alegre. Mis perros garafianos no fallan. Hay vida auténtica en nuestras Islas. No estoy solo, pero echo en falta a los que se fueron. Ya me curé de tanto esperar la verdad».
Mis perros, los Garafianos, no fallan. Mi vida detrás de las cabras todo el día. Mire (una foto) cómo el perro se pone aquí, a las patas de uno. Estamos cansados, pero podemos decir con la cabeza alta todavía: ¡hay vida auténtica en nuestras Islas!
No puedo decir que estoy solo, porque tengo la mejor compaña que se puede tener, pero uno echa en falta a los que se fueron. Tenían que estar aquí y verlos estos ojitos míos. Ya me curé de tanto esperar la verdad».

Encuentro con
el Yo profundo
Con el tiempo recuperó la ilusión, con su capacidad de resiliencia, sacando lo mejor de su Yo profundo: «Los cuerpos de mis animales, sus ojos, sus voces y su fuerza se funden conmigo, y así nacemos completos, indivisibles». Su filosofía, casi oriental, me sorprende, pasando casi todo el año solo entre barrancos y montañas.
—La tierra heredada me dio raíz y tradición. Soy el eslabón que permanece. Miro al cielo pa’ darle las gracias a ese Dios, porque todavía existimos. Ansina mismo es.
El oficio más duro, dice, el de cabrero solo lo ejercen gentes con un corazón más grande que su cuerpo, No hay matemáticas ni física alguna —tampoco esa cuántica— que expliquen cómo es que hoy todavía hay cabreros en este archipiélago.
Al final, exclama, después de estar « chascando, las cabras arranchadas, y aquí uno que duerme al sereno;
—Todavía hay guanches, don Pedro. ¿Por qué los mejores suelen estar los más jodidos?
Javier vive en los riscos, en el silencio, rodeado de cabras y perros. Cuando baja a por comida siente que entra en otro mundo. Lo que más valora es a su gente.
Me pone como ejemplo a Cha Magdalena, madre de su bisabuela, Cha Corina González. Cha Magdalena —me cuenta— era una mujer de casi dos metros. En tiempos de higos picos cargaba una cesta sobre la cabeza y bajaba hasta la playa, hoy Los Cristianos. Allí truecaba los higos por pescado, descansaba un poco y emprendía el regreso hacia Vilaflor, donde cambiaba el pescado por papas. Luego volvía a casa. Una vida entera en tránsito.
Años después le pregunto por qué se sentía tan apenado entonces. Me responde en verso, como quien intenta zurcir su propia herida, dándole sentido a su existencia familiar de cabrero:

ENCUENTRO CON EL
YO PROFUNDO
Siglos y siglos con las cabras,
El monte, mi casa y hogar,
no se ha roto la cadena,
mi universo y mi destino.
el canto de mis Ancestros
Vengo de un pasado antiguo
conmigo sigue y resuena.
al que doy honra y sentido,
Por las lomas y los riscos,
con cada paso que sigo,
cencerros, baifos y ovejas1
rindo culto a mis ancestros,
pasando las mismas sendas,
¿Y en el viento?
subiendo los mismos riscos,
En el viento va la pena.
sin reloj que me apresure,
Una vida que se quiebra,
ni ciudad que me condene,
pero yo sigo en camino,
solo perdura la calma
el pasto, mi recompensa,
que, en cálida nebulosa,
con zurrón de gofio a cuesta
Dios y yo se encuentran.
cebolla, quesito y peras
salto de pastor con pértiga2
sobre roques y veredas.
Cuando le pregunto qué supone ser cabrero:
«Es un valor enorme. Lo heredé de mi abuela Anita, de 95 años, con una salud excelente. Su padre fue cabrero, y el padre de su padre también. Seis siglos de historia.
No reconozco lo que veo —me dice—. Tenerife, la isla que conocí de pequeño, la que recorría descalzo, la que me enseñó sus secretos… hoy se me parte el alma verla tan distinta: Calles llenas de gente sin raíces, el campo vacío de los nuestros, ruido, chiringuitos, edificios… Por eso vivo en los riscos, en el silencio, con mis cabras y mis perros».

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