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La Pardela

La Capital tinerfeña huele a libro en torno al histórico edificio del periódico La Tarde en la esquina de Pérez Galdós con Suarez Guerra. La Librería La Prensa de Francisco Martínez Viera, el Tío Paco de Carmelo Rivero, estaba cerca, pero cerró como cerraron Goya y Goytec, y más recientemente El Foro Literario y los dos locales de La Isla. Fuera de este vergel de páginas y letras resiste Ifara y más lejos, allá donde el Diablo, está Agapea, que no es independiente como tampoco lo es Amazon. La independencia no entiende de algoritmos ni de cadenas y sus eslabones. Sí de poemas, de cafés al doblar la esquina y de narrativa canaria, aunque esta vuele al continente, como lo hace ahora, de aquí para allá y de allá para aquí, Juan Cruz. Otros, como Fernando Delgado y Luis Alemany, hace tiempo que solo se despreocupan en San Borondón, esa ínsula que, se sepa, solo conoce la lente de Carlos Schwartz. A Juancho Armas Marcelo le perdí la pista en Madrid, donde todavía fuma puros palmeros Alberto Vázquez Figueroa, que es del océano y del horizonte. Juan Manuel García Ramos también es atlántico, como lo fue, igualmente, Manuel Padorno desde Las Canteras de enfrente.

En el agua se remoja, además, Alfonso García-Ramos, que será el protagonista del Día de las Letras Canarias en 2026 y del programa de actividades que se desarrollarán a lo largo del venidero para dar a conocer su obra. El que fuera penúltimo director del Vespertino de Víctor Zurita descansa en el Valle de Tenesora. Los hay quienes sueñan en Femés o ladran en el barranco de Guiniguada.

Las indepes tampoco se resisten con la nueva y flirtean con Víctor Álamo de la Rosa, que ya es pureta si lo comparamos con Andrea Abreu o Aida González Rosi. Veremos si la panza de burro y la leche condensada dan más de sí. De pibe, las latas de la cosa se rebañaban hasta la última gota. A lo cincuenta y tantos uno es más de vaso vino en El Puntero. Y de tollos. Dicen narices remilgadas que las tiras jareadas de cazón tienen un olor fuerte antes de su cocinado, como a pescado, amoniaco o flatulencias. Allá estas personas melindrosas. Después, con papas arrugadas y mojo, son un manjar, como la ropavieja de Hortensia en el monte de Las Lagunetas o los bocadillos de tortilla de La Garriga.

Los buenos aromas de la casa de comidas de San Clemente con Pi y Margall, y de los bocatas de Pérez Galdós, llegan a las librerías Islátika, El Atril y a la de las hermanas Izaskun y Mase Legarza (Librería de Mujeres). En un palmo de narices topas con ratones de biblioteca y con la flor y nata del acervo autosuficiente, disponible, incluso, para sus señorías del Parlamento de Canarias, que buena falta les hace. Instaladas en lo suyo, o sea, en las voladas de seña María y poco más (un suponer), ya se preparan para memorizar la letra del nuevo himno patrio, pues incluirá a La Graciosa. Del mismo modo, el Gobierno autonómico rediseñará el escudo del Archipiélago para adaptarlo a la realidad impuesta sin pies ni cabeza. Pena de representantes felices ante el reconocimiento del frágil islote como octava isla. Totorotas. Cuando el espacio natural protegido de Chinijos grite será tarde. Cuando las pardelas cenicientas emprendan el vuelo a otra parte, maltrechas por la presión turística, la clase política continuará excretando insensateces.

En medio de la memez reconforta que Dácil, una librera amante, se alíe con la sostenibilidad y la cultura. Que ampare el sosiego frente a la prisa. Que guarezca la vida literaria y guarde la ropa. Bienvenida La Pardela, librería guapa.

María Luisa Hodgson
Ilustración: María Luisa Hodgson.

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