No recuerdo si fue antes de que saliera el periódico a la calle o tras la dimisión de sus primeros directores, que fueron Martín y Carmelo Rivero. Yo vivía entonces en el hotel Mencey. Nos reunimos en el comedor, convocados por alguno de ellos, Amid Achí, Jerónimo Saavedra, Ambrosio Jiménez, Paco Padrón, Pepe Sánchez Rodríguez (el dueño de la desaparecida JSP) y yo. Aquel extraño cónclave tenía por objeto ofrecerme la dirección del periódico La Gaceta de Canarias, que era una apuesta de rotativo regional, progresista, etcétera. Leche de machanga. A los postres, los presentes empezaron con la cantinela de que era una oportunidad para mí; que aceptara, que era un reto, y todas esas cosas que se dicen. Fue tal el canguelo que me entró, el agobio con tanto canto y bamboleo, que empecé a sentirme mal, me levanté de la mesa y corrí hacia la suite que ocupé durante más de un año -es en lo único que me parezco a Julio Camba, que vivió durante años en el hotel Palace de Madrid- y me tiré en la cama, abrumado. Allí, boca abajo, me encontró Paco Padrón, a la sazón director de Radio Club y amigo, que subió a la habitación, asustado por la estampida, a ver qué me había ocurrido. Los dejé a todos con la palabra en la boca, sorprendidos por mi extraña actitud. Ignoro exactamente qué sentimiento me sobrevino y qué me asustó, quizá una especie de miedo escénico. Eran ya los 90, pero no sabría decir el año con certeza. Más tarde, en 1999, Amid Achí y Jesús Martínez, paz descanse, me ofrecieron de nuevo la dirección del citado periódico y esta vez acepté. Estuve allí hasta el 2001 y salí, debo reconocerlo, agobiado, superado por las carencias y las penurias del periodismo de provincias de entonces. Firmé una mierda de liquidación, por cierto.
