Parar la guerra de Ucrania con un acuerdo interesado de Donald Trump a la medida de lo que quiere Putin, sin embridar su avidez por otros enclaves de la zona, no asegura la paz que pretende el gobierno de Kiev y desea la UE. Podría cortar el actual resfriado de Zeleski, pero no devolvería la “salud” a Ucrania ni despejaría la inseguridad en la región. Una “paz trumpiana” circunscrita a Ucrania no excluye el comienzo de la cuenta atrás para un nuevo zarpazo, en el mismo país o en los Balcanes, siempre tan inflamables, donde está muy presente Putin, de la mano del gobierno de Belgrado. Se podría repetir lo que sucedió en aquella zona en los años 90. Con los Acuerdos de Dayton se puso fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina sin un plan general, sin abordar los problemas de otros territorios de la antigua Yugoslavia, especialmente Kosovo, donde después estalló una guerra que detuvo la OTAN bombardeando Belgrado para frenar el exterminio de la población albanokosovar.
Coinciden estos días la negociación/trágala de Trump para silenciar las armas en Ucrania con el 30 aniversario de los Acuerdos de Dayton (Ohio), firmados el 14 diciembre de 1995 por los presidentes de Yugoslavia (Slobodan Milosevic), Bosnia y Herzegovina (Alija Izetbegovic) y Croacia (Franjo Tudjman) para detener la guerra de Bosnia-Herzegovina (1991-1995) tras la disolución de la antigua Yugoslavia. En Dayton se acordó crear un estado bosnio dividido en dos entidades autónomas, la Federación de Bosnia y Herzegovina (bosnios musulmanes y católicos) y la República Srpska (serbobosnios), que desde su creación ha estado bajo la influencia de Belgrado y Moscú.
La guerra de Bosnia dejó 100.000 víctimas en un territorio el que vivían bosnios musulmanes, serbobosnios ortodoxos y croatas bosnios católicos. Se declaró independiente en 1992 y muy pronto fuerzas serbobosnias, apoyadas por Serbia, tomaron gran parte del territorio en una guerra de una crueldad sin límite. En Srebrenica asesinaron a más de 8.000 bosnios musulmanes y en el asedio de Sarajevo, que duró cuatro años, se produjeron todo tipo de crímenes, los más abyectos los que investiga ahora la Justicia en Milán, perpetrados por “turistas” que viajaban a Bosnia y pagaban por disparar contra civiles que se escondían como podían, como en una partida de caza mayor.
Aunque Trump pretende tratar la situación de Ucrania como un asunto de su exclusiva incumbencia, como un negocio más, que es como él entiende la vida, en el conflicto de Ucrania convergen hoy las miradas de Rusia, EE.UU., China, la UE, la OTAN, Turquía y las antiguas repúblicas soviéticas. En los viejos tiempos de la política y la diplomacia, la solución de este conflicto sería multilateral y se plantearía con un mapa de gran angular que abarcase Ucrania, los Balcanes, los países limítrofes de Rusia hoy miembros de la OTAN y otras antiguas repúblicas de la URSS y no limitado a Ucrania, como pretende el presidente de EEUU y no le disgusta al bravucón de Putin.
MAGA (Hacer grande otra vez a EE.UU.) es un lema de Trump que sirve igual para el desvarío de Putin, que anhela volver a los tiempos de la URSS o a la vieja Rusia de los zares. Juega con una triste ventaja, que, a diferencia de lo que ocurre en las democracias, él dispone de la vida y la muerte de un pueblo sojuzgado. Si la OTAN (que todavía existe) no le para los pies, no renunciará a un milímetro del ancho pasillo en el este de Ucrania para llegar a Crimea y al mar Negro, a los corredores a los Balcanes, ni al sueño de la reconstrucción del viejo imperio. Es importante no repetir el error de Dayton. Hay que hacer un acuerdo amplio de seguridad para toda la región y atar corto a Putin.
