Cuando fui niño, y cursaba mis estudios de Primaria en el Colegio María de las Casas de Granadilla de Abona, yo era uno de los gorditos de la clase. Mi madre, como todas las madres, impulsaba mi alimentación, y, a Dios gracias, nunca faltaron proteínas en casa. Ella era un gran cocinera. Con frecuencia, nos obsequiaba con unas galácticas lentejas compuestas, y, si nos portábamos bien, con una virguería -o delicatesen- indebidamente llamada “ropa vieja”.
Como segundo plato, combinaba perfectamente el pescado salado, con un mojito de la casa, brutal, la carne fiesta o el baifo frito. Especialmente luctuoso era este último plato porque compartíamos vida con los animales, nos encariñábamos con ellos, y luego, sabiendo que habían sido asesinados previamente -sentenciados en todos los recetarios isleños-, teníamos que engullirlos.
Recuerdo que me entusiasmé especialmente con un cabrito al que bauticé Rosendo; un animal cariñosísimo que me recibía en casa cuando venía de la escuela, se me juntaba cuando hacía los deberes y hasta dormía en los pieses de mi cama. Caigo ahora en que Rosendo -al que así bauticé- fue un compañero fiel en todas las esquinas de mi casa, excepto en la cocina, que nunca pisó, como si el animalito presagiara que allí estaba su tumba.
Un día llegué a casa, después del cole, y extrañé la cálida recepción del baifo, al que busqué y rebusqué, sin éxito, por todos los rincones de la casa. “¡Rosendooooooooooo!”, gritaba para atraer la atención del animal. En su búsqueda llegué a la cocina, “el lugar de los hechos”, donde descubrí la tapa de un caldero y me pareció ver un “guiso” de muy familiares orejas.
Cuál fue mi sorpresa cuando me senté a la mesa, a almorzar, y vi que Rosendo, sin duda Rosendo, yacía en aquel plato, totalmente embarrado, entre dientes de ajo, comino en grano, sal gruesa, tomillo fresco y laurel. Y, claro, me negué a comerlo.
“Te comes a Rosendo”, me amenazaba mi padre, “o no vienes al fútbol este domingo”. Y se me fue el baifo.
Mas recuerdo ahora adónde quería llegar: que fui el niño gordito del cole, y, cuando jugaba al fútbol, mis amigos me ponían de portero. Si encontraban a un guardameta más orondo, yo me convertía en un suplente instantáneo; momento en el que cogía la pelota, me la llevaba a casa y se acababa el partido. El “esférico” era mío.
Cuando crecí, todo cambió. Pegué a trabajar en la tele, y, con un sacrificio sanguinario, debí controlar el peso. Durante un célebre verano desayunaba una galleta, comía una tortilla francesa y cenaba una infusión de flor de azahar. Perdí 30 kilos en 3 meses, adquirí un aspecto absolutamente lineal, y, en lógica consecuencia, empecé a sentir “yeyos” en cada esquina.
Ya más próximo en el tiempo, arribé en la política, donde permanecí unos años. De la misma forma, en la “res pública”, tenía que continuar el ayuno -no tanto para las sesiones de control- para besar a las doñas, tan cariñosas ellas, después de las misas, procesiones, foros o galas varias. O sea que también tenía que sustituir chuletones por chuletitas, escaldones por “escalditos” y huevos rotos por huevos indestructibles.
Ahora, tras 40 años de dietas sádicas, disfrutando esta jubilación y sin descuidar mi actividad física, me he soltado el estómago, el esófago y el duodeno y entregado compulsiva y vehementemente al consumo del bienmesabe, el frangollo y caprichos astrales varios.
Dicen que -a medida que envejecemos- nos volvemos especialmente dulceros. Al parecer, la disminución de la salivación y la regeneración celular reduce la sensibilidad del gusto. Por esa razón, los puretas buscamos sabores más intensos.
Tanto es así que -por si fuera escaso el recetario isleño- voy todas las semanas con mi doña a una heladería de Los Cristianos. Y allí nos ponemos morados: ella con cucuruchos de cremino y dubái y yo de rocher y chocolate, entre otros entojos. En el lugar, me llaman “El goloso en llamas”.
Yo ya no me peso.
