Convocados para debatir sobre cooperación, apertura de nuevas fuentes de crecimiento, construcción de prosperidad e inteligencia artificial, los participantes del 56 Foro Económico Mundial, que termina mañana en la ciudad suiza de Davos, asisten, por el mismo precio, al show del presidente de EE.UU. y aplauden la resistencia ofrecida por algunos asistentes, como el primer ministro canadiense, Mark Carney, el presidente de Francia, Emanuel Macron, y el gobernador de California, Gabin Newsom, que ha alentado a los europeos a no ceder frente a Trump y mantenerse firmes y unidos… “porque les toma por tontos”. Algunos ilustres invitados adelantaron la salida de Davos para no cenar con el inquilino de la Casa Blanca.
Los panelistas han pisado también el campo embarrado por Trump, y discutido sobre el caos que produce la política de EE.UU. y la grave situación de Irán, Gaza, Ucrania y Venezuela. Crisis que Trump, ilusorio apaciguador de guerras desde el tiempo de los asirios, mangonea a pachas con Netanyahu en Oriente Próximo, en complicidad con Putin en Ucrania y él solito en Venezuela porque no quiere compartir el botín con nadie. Capítulo aparte merece su obsesión por Groenlandia, un territorio danés que se quiere apropiar (ahora deja dudas sobre el empleo de la fuerza) para completar su cúpula dorada (nuevo escudo antimisiles), controlar la ruta del Ártico y quedarse con la riqueza mineral que atesora.
Vista la relación de altos mandamases acreditados, se podía imaginar que, además de tomar la temperatura y las pulsaciones al capitalismo, gente tan principal podría recapacitar y promover un reparto más equitativo de la riqueza para evitar que unos pocos ricos lo sean cada vez más, que los pobres no salgan de su pobreza y que el sistema entre en riesgo de saltar por los aires. ¿Por cuánto hay que multiplicar el sueldo de un mecánico de Tesla para llegar a lo que pilla Elon Musk?
En estas cavilaciones andaba cuando, en su rocín Arancel, llegó Trump a la reunión, que se desarrolla este año bajo el lema “Espíritu de diálogo”, una humorada si se repara en la actitud del falsario pacificador de Mar a Lago, partidario de conseguir las cosas “por las buenas o por las malas”, que, según propia confesión, no hay nada que pueda pararle y no necesita la ley internacional. Trump dijo que EEUU “se preocupa mucho por la gente de Europa”, lo que provocó risas en el auditorio, que Dinamarca es desagradecida, que solo su país puede garantizar la seguridad de Groenlandia (ignoró que la OTAN es EE.UU. más otras 31 naciones), que Europa no va en la buena dirección… y bla, bla, bla. Cada vez más histriónico e impotente ante China (capitalismo sin democracia, que es lo que él envidia y busca) que le disputa el liderazgo mundial, apoyando su estrategia en el multilateralismo y la globalización, que eran hasta anteayer santo y seña de los antecesores de Trump, y que él ha sustituido por el proteccionismo, los aranceles, la xenofobia y el empleo de la fuerza para conseguir sus objetivos. De lo que le hemos escuchado se puede resumir que pretende echar del continente americano a China, Rusia, Irán y la UE, a la que envidia tanto como odia.
El boicot de Trump a la ONU y la creación de su particular Junta de Paz, remedo bochornoso y cutre del Consejo de Seguridad, pone de relieve la necesidad de reforzar la arquitectura internacional creada a partir de la Conferencia de San Francisco en 1945 y, todos contra uno, fortalecer la gobernanza democrática y el estado de derecho para dar solución a los problemas que plantea que el país más poderoso retorne al imperialismo del siglo XIX y asuma la condición de adversario sistémico de todos los demás. El Foro de Davos, si sobrevive al tsunami actual, será un espacio cualificado para dar continuidad a la reflexión y hacer propuestas que oxigenen la vida internacional.
P.D: Escribo estas líneas cuando Trump revolotea a la espera de la cena en Davos. Conocido el valor de su palabra, puede aún dar un volatín y decir digo donde dijo Diego. O vaya usted a saber.
