A finales del siglo XIX, lord Salisbury propuso la división del mundo en naciones vivas y naciones moribundas. Entre estas últimas estaban España, Portugal y Turquía, que habían sido grandes potencias navales. Los países fuertes deberían acudir en auxilio de los débiles y eso dio origen al moderno colonialismo que originó el reparto de África y dio como resultado para España un protectorado compartido en Marruecos y una pequeña parte en el golfo de Guinea. EE.UU. era una nación fuerte, con el dinero suficiente para comprar Alaska a los rusos, que estaban debilitados después de perder la guerra de Crimea. Unos años más tarde ofrecieron comprarnos Cuba por 300 millones de dólares, pero no aceptamos esa oferta ni ninguna. Las consecuencias son conocidas por todos, y tuvo como resultado la pérdida también de Puerto Rico y Filipinas y el comienzo de una etapa negra de nuestra historia, sumida en una profunda depresión que le dio nombre a una generación de escritores e intelectuales, influidos por el fracaso, que se llamó del 98. Nada hay nuevo bajo el sol y la historia se repite. Más bien está para eso, para repetirse, y esto lo podemos ver en el episodio de Groenlandia. El mundo vuelve a reajustarse en el orden del poder y de las zonas de influencia, aunque con eso se arrase con las conquistas de igualdad y reparaciones de derechos que se impusieron al final de la Segunda Guerra Mundial. Lo que hasta ahora se consideraban logros del progreso ya no lo son tanto: las ideologías han dejado de ser las protagonistas y otros intereses territoriales han venido a imponerse, como ocurrió antes y como ha ocurrido siempre, según podemos comprobar a poco que le demos un repaso a la historia. Es lógico que, cuando esto pasa, todo se convulsione y parezca que los equilibrios con los que contábamos se derrumban para ser sustituidos por otros. Los motivos son los mismos, aunque no los sepamos ver y tardemos un tiempo en descubrirlos. El suelo se mueve como si fueran arenas movedizas, y a mí me recuerda a una novela de Houellebeqc, donde el mismo autor cuenta cómo es asesinado, relacionando el argumento con las tendencias pictóricas más actuales. Su título es El mapa y el territorio y describe la vida de un pintor que se inspira en las cartografías de la Guía Michelín y que utiliza al propio Houellebeqc para que escriba el catálogo de una de sus exposiciones. El artista acaba pintando a personajes que se refieren a esa división por la posesión del planeta. Uno de ellos se titula Bill Gates y Steve Jobs repartiéndose el mundo de la informática. No dejan de ser curiosos estos antecedentes para entender mejor la situación en la que nos encontramos. A veces los escritores aciertan más que los técnicos y los especialistas sobre la realidad de las cosas. Arturo Pérez Reverte ha escrito un magnífico artículo en El Mundo resaltando el debate, a veces rayando en la estupidez, entre lingüistas y escritores en el seno de la RAE, equivalente a las influencias de la permisividad de los del todo vale, defensores de falsos aperturismos y de los dogmas de una libertad mal entendida, frente a la racionalidad de quienes tienen al lenguaje como la exigencia más importante para su expresión correcta. Es curioso que en un ambiente donde se recurre con tanta frecuencia a los expertos, estos no existan para mostrarnos la realidad y sus concordancias con la historia.
