No sé cómo voy a contar esto. Los episodios de apretones tienden a la escatología, al ser narrados, y no deseo caer en eso, aunque lo que me pasó tiene miga. Todo el mundo sabe que en España las facilidades para los viejos son más bien escasas y que no se nos hace la vida fácil: demasiados escalones, muchísimos obstáculos, una tortura. Venía yo de comer en Los Limoneros, por trabajo, en mi coche, que se calienta porque tiene defectuosa la bomba del agua, hay que pedirla a Bélgica (ya se ha encargado) y el termostato también está jeringado, e igualmente ha sido solicitado a la central de repuestos en la capital belga. En fin, que venía yo pendiente del medidor de temperatura, que subía y bajaba como una noria, pero sobre todo subía. El mecánico me había advertido de que no usara mucho el vehículo porque me lo podía cargar. A mí lado, Mini, mi perrita inválida de 16 años, que usa un cochecito para que esté más confortable, que llevo en el asiento de atrás. Tomen nota: apretón, temperatura alta del auto, perra inválida y cochecito de la anciana. Y cólico. Todo eso me causó tremenda zozobra, incrementada por el insoportable tráfico y una valla de obra que impedía mi acceso al garaje. Bajarme del coche para apartarla suponía agitar el esfínter, con las consecuencias previsibles. Es verdad que fui ayudado por un amable ciudadano, que me vio cara de un tío que se estaba cagando. Y el mando del garaje sin pilas, aunque tengo un dispositivo en el móvil que me permite abrirlo a distancia. No vean lo que me costó sacar el celular del bolsillo. Tomen nota: apretón, temperatura del coche ya al límite, perra inválida de copiloto, cochecito de la anciana yorkshire, cagalitrosis, valla de obra, mando del garaje inútil y maniobra de aparcamiento. No se hagan preguntas: me cagué.
