El mago siempre se ha referido al final de los tiempos poniendo el artículo en femenino: “La fin del mundo”. No pregunten el porqué. Resulta que en el lejano año de 1947, por cierto el de mi naciminento, Einstein, Oppenheimer y unos cuantos genios más de la Universidad de Chicago inventaron el reloj del fin del mundo, poniendo a “la medianoche” como el punto crítico del colapso mundial, el momento del no retorno. Se basaban en el cambio climático, la carrera armamentística, los avances de la ciencia descontrolados y las tensiones geopolíticas. Y dicen los que saben que estamos a 85 segundos de la medianoche, cuatro segundos menos que hace cuatro años. Parece que en la activación indeseada del reloj del fin del mundo ha influido la llegada de Trump a la Casa Blanca, la actitud depredadora de rusos y chinos y la tecnología maldita que lanza los bulos, consiguiendo que lleguen a la gente antes que las verdaderas noticias. El último gran jinchete (la palabra no existe, pero sí su significado) del reloj se produjo en 1953, cuando la Guerra Fría, supongo que por el fallecimiento de Stalin, que era un asesino, como Putin, pero con peor cara de mala leche. Todavía no había aparecido el polonio, o eso creo. La decisión del mago de feminizar el fin del mundo no responde a otro de los fenómenos que puede alterar la hora final: el feminismo. El mago lo hace inconscientemente, porque el mago peludo es bruto y animal, como dijo una vez cierto alcalde de Santa Cruz refiriéndose a sí mismo. Pónganse a rezar, porque me da que esto no hay quien lo arregle.
