después del paréntesis

La muerte de los animales

Hay cuestiones que en la cocina confirman. Por ejemplo, los grandes cocineros que conocemos convienen en que uno de los utensilios supremos son las manos, sin guantes, para aderezar los productos, para comprobar su bondad o para mezclarlos convenientemente. Y eso no forma parte hoy de las reglas sumerias de la higiene. Porque desde que el mundo es mundo y los hombres y las mujeres se han dado en elaborar alimentos, la condición es la condición y hay elementos inoportunos que forman parte de la intriga. Igual que uno de los productos cimeros de la gastronomía es la sal, insustituible. De manera que el mundo padece afasias desconcertantes. Como que comer huevos y papas fritas es dañino o que dos a la semana siembran de pánico el cuerpo de los humanos. Se atisba que para el caso la cuestión no es la satisfacción, que desde que los nacidos dejamos la etapa del hambre, que está clavada en nuestros genes, es lo justo. Lo sustancial no es la renuncia primitiva de la dicha carencia, sino el ardite manifiesto del prohibir. Se lo dije una vez a mi médico: “El bistec que me he de comer aquí me lo comeré aquí no en la caja camino del cementerio”. Lo cual resulta cardinal, para los pobres ignorantes. Pues las asignaciones son rotundas: el azúcar es asesino, la leche de los lactantes no se aviene, ni los hidratos, ni la carne de vaca, ni… Por eso el Reino Unido ha clavado en la tierra una ley prodigiosa, ha prohibido cocer vivos a los cangrejos, las langostas, las gambas, las cigalas y otros crustáceos para evitar el sufrimiento animal. La cosa es el tenor del ingenio gubernamental. Porque lo que revela el sabor de esos alimentos es el modo de cocción. Es decir, a una cabra no se la puede someter dándole un tajo en la garganta sino suplicándole con rezos que se le pare el corazón. O que los pollos que compramos en el supermercado no sean sacrificados como lo son en las empresas capacitadas. Y no digamos la fiesta de los toros; imposible, un animal no pude morir así, aunque luego te comas un suculento rabo en la taberna de enfrente. Lo que reanima la suficiencia de la especie es la capacidad que nos dimos desde los tiempos más remotos para sobrevivir. Y para ello nos topamos con plantas que podíamos comer, con frutas que podríamos bajar de los árboles y los matorrales y que por las llanuras se movían animales que podríamos vencer. Ese es el origen de la caza; no el extermino sino la alternancia de los factores. Y eso es lo que ha hecho persistir a los mortales. ¿Dónde se encuentra el límite del sacrificio de los animales?, ¿atiende a la conciencia de esos seres que son solo instante y no atienden al tiempo como nosotros? Una cosa en verdad es que reneguemos de la ferocidad y del sadismo y otra es que pasemos por imbéciles.

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