tribuna

Lagunear

De la misma forma que las personas callejean cuando pasean por las calles despreocupadamente, los animales campean cuando vagan por el campo en procura de comida y los barcos marean cuando navegan por el mar en busca de su destino, los catalanes ramblean cuando pasean plácidamente por Las Ramblas de la ciudad de Barcelona, los conejeros islotean cuando pasan un rato agradable en el Islote (de Fermina) y los laguneros lagunean cuando recorren con deleite su ciudad de La Laguna. Lo que tenemos en cada uno de estos casos es una verbalización de los nombres de lugar calle, campo, mar, Las Ramblas, Islote (de Fermina) y La Laguna, respectivamente, mediante el sufijo -ear, que presenta la significación básica de ‘hacer algo en relación con el lugar designado por el nombre de base’, con la indicación, además, de que dicha acción se realiza siempre de forma cursiva o intensiva, que es matiz que aporta el interfijo -e- que aquel contiene. Es decir, callejear, campear, marear, ramblear, islotear y lagunear no significan sólo ‘hacer algo en relación con la calle, el campo, la mar, Las Ramblas, el Islote (de Fermina) o La Laguna, respectivamente’, sino hacerlo de forma cursiva o poniendo espacial interés en ello.


Dependiendo de la naturaleza semántica del nombre de base (tanto si es común como si es propio), estos verbos denominales suelen presentar tres sentidos distintos en la realidad concreta del hablar. En primer lugar, suelen presentar el sentido denotativo de ‘recorrer (el lugar designado)’ o ‘pasear por él’, precisamente porque se trata de nombres que se refieren a lugares, no a personas, animales o cosas. Así, las personas que callejean, ‘recorren las calles morosamente’; los animales que campean, ‘andan por el campo yendo de acá para allá’; los barcos que marean, ‘recorren la mar en un sentido u otro’; los catalanes que ramblean, ‘recorren pausadamente Las Ramblas’; los conejeros que islotean, ‘pasean sin prisa por el Islote (de Fermina)’; y los laguneros que lagunean, ‘andan con deleite de aquí para allá por las históricas calles de La Laguna’.


En segundo lugar, presentan los verbos que nos ocupan el significado también denotativo de ‘con una finalidad más o menos determinada’, precisamente porque los lugares que se recorren o pasean presentan tales o cuales propiedades naturales, históricas, culturales, arquitectónicas, urbanísticas, etc., que pueden ser utilizadas por las personas, los animales o las cosas con fines más o menos prácticos o lúdicos. Así, las personas que callejean recorren las calles simplemente por distracción o para curiosear, porque de vías públicas se trata, con todo lo que ello implica de exhibición; los animales que campean andan en el campo de un lado para otro para procurarse comida, porque el campo produce hierbas, pastos, etc., que pueden servir y de hecho sirven de alimento; los barcos que marean recorren la mar para ir de un lugar a otro, porque la mar es medio que une territorios discontinuos; los catalanes que ramblean pasean por Las Ramblas de Barcelona para deleitarse, porque Las Ramblas poseen terrazas, quioscos, estatuas vivientes, fuentes, mercados (el de la Boquería, particularmente), teatros, cines, arquitectura modernista, estatua de Colón y hasta palomas y gaviotas, que recrean la vista y el espíritu; los conejeros que islotean recorren el Islote (de Fermina) para distraerse y pasar una velada agradable, porque en él hay restaurantes, terrazas para tomar una copa, mar, que pueden servir de recreo; y los laguneros que lagunean, pasean por La Laguna, para “disfrutar de su casco histórico, declarado por la Unesco Bien Cultural Patrimonio de la Humanidad”, como dice José Carlos Marrero, porque La Laguna encierra lugares cargados de historia insular y regional (Universidad de La Laguna, Palacio de Navas, el Ateneo, el Teatro Leal, la Real Sociedad Económica, el Instituto de Estudios Canarios…), excelentes cafeterías, terrazas y guachinches más o menos tradicionales donde tomar un aperitivo, una arquitectura a la medida del hombre, que no apabulla al desocupado paseante, y unas calles animadas y fáciles de recorrer por su llanura, que invitan a pegar la hebra con los amigos y conocidos que salgan al paso, tratando temas culturales o artísticos de mayor o menor enjundia, contando cuentos más o menos ingeniosos o picantes o chismorreando de alguien o algo.

Un buen ejemplo de lo que es lagunear, aunque sea mentalmente, nos lo proporcionan los ilustres personajes de la simpática obrita La Laguna, un aperitivo infinito, de Juan Manuel García Ramos.


Y, por último, presentan los verbos denominales que nos ocupan cierto valor connotativo, de mayor o menor intensidad, según los casos, determinado en buena medida también por la particular significación del nombre de lugar implicado y de la relación que el hablante tiene con la ciudad, el pueblo, la isla, etc., por él designado. Es de poca intensidad en el caso de las formas callejear, campear y navegar, por la condición de nombre común (o no determinado) de la base y por el hecho de que designen acciones propias de animales o cosas (en el caso particular de campear y marear). Y es de una enorme intensidad en el caso de las formas ramblear, islotear y lagunear, por dos razones muy concretas. En primer lugar, porque la condición de nombre propio (o determinado) de lugar habitado (Las Ramblas, Islote (de Fermina) y La Laguna), con todo lo que ello implica desde el punto de vista vivencial, cultural, comercial, histórico, urbanístico, etc., de sus bases, hace que la finalidad comentada implique una profunda implicación de la persona designada por el sujeto que los rige. Desde el punto de vista cultural, no tiene el mismo glamur pasear por las calles de un pueblo sin importancia que hacerlo por las calles de lugares emblemáticos como Paris, Londres, Barcelona o La Laguna. Y, en segundo lugar, las connotaciones de los verbos que nos ocupan son de una enorme intensidad porque designan acciones propias de personas, no de animales ni de cosas; y no de personas cualesquiera, sino de personas que aman el lugar indicado, porque en él habitan y hacen vida para morirse. Por eso puede decirse que ramblear, islotear y lagunear implican una especie de filosofía, forma de vida o disfrute espiritual de esas realidades urbanas tan gratas para catalanes, conejeros y laguneros que son Las Ramblas de Barcelona, el Islote (de Fermina) de Arrecife y la ciudad de San Cristóbal de la Laguna, respectivamente, y hasta para las personas que vienen de fuera de ellas o las visitan.

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