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Maximiliano I, en La Orotava

Un día entre 1932 y 1867, años respectivos de su nacimiento y de su muerte, el valiente y culto Maximiliano de Habsburgo –luego Maximiliano I de México— se refugió en un portal de La Orotava, mientras caía sobre la Villa el diluvio universal. Allí, en ese zaguán, resguardado también del temporal, conoció a un aristócrata tinerfeño, con el que, a lo largo de los años, mantuvo una interesante correspondencia. El tinerfeño, días después, le mostró al noble austriaco, hermano menor del emperador Francisco José (el de la película Sissi, acudiendo a un dato idiota), restos de aborígenes canarios. Maximiliano, que estaba en la isla en viaje de novios con su esposa, Carlota de Bélgica, era un hombre de una extensa cultura, aficionado a la botánica y a la paleontología. Cuando abandonó la isla, le envió, a través de un propio, a su amigo orotavense, un valioso broche de oro con su inicial “M” grabada, que aún conserva la familia. Carlos Cólogan, que mañana será el protagonista de Conversaciones en Los Limoneros, consiguió la copia de esas cartas y trabaja sobre ellas en una investigación que resulta interesantísima. Merced a la famosa doctrina Monroe, los Estados Unidos apoyaron, en contra del emperador mexicano impuesto por la oposición, a Benito Juárez, un indio culto y honesto, admirador de Lincoln, que logró derrocar a Maximiliano e instaurar la república. Antes de morir fusilado, y mientras esperaba la ejecución en su celda de Querétaro, Juárez le concedió a Maximiliano su último deseo: escuchar, interpretada por un mariachi, la canción “La Paloma”, que cautivaba a un emperador que se había enamorado de México. Sus restos, tras el fusilamiento, fueron repatriados a Trieste para recibir sepultura. Su esposa Carlota enloqueció, mendigando ayuda, en vano a las monarquías europeas. Es la apasionante historia de un hombre culto, educado y generoso, que estuvo en Tenerife.

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