Lo pasé mal aquella noche. Habíamos ido, unos amigos y yo, a cenar a un restaurante del puerto, pero del puerto de carga de Tel Aviv, mal iluminado y peligroso a esas horas, según supe después. La cena, deliciosa. A su término, cuatro de los amigos pidieron un taxi, que los recogió y los llevó al hotel, y otro de los comensales y yo esperamos al próximo taxi, que habíamos avisado pero que nunca llegó. No le concedimos mucha importancia e iniciamos un paseo hacia lo que creíamos que era la entrada del puerto, sin saber que nos adentrábamos en un barrio muy peligroso, con poca o ninguna presencia policial. Nos cruzamos con personajes patibularios a los que era mejor respetar, sin ni siquiera mirarlos. Pero la situación se puso tensa. Muy tensa. Hasta el punto de vernos rodeados por cuatro o cinco personajes que iban directamente a robarnos o a matarnos. Entonces, de un extraño bar salió un hombre fornido, que hablaba en hebreo y sabía algo de inglés. Creímos que también iba a atacarnos, pero resultó ser nuestro ángel de la guarda. Nos preguntó por nuestra nacionalidad y qué hacíamos allí. Le contamos que nuestro taxi no llegó, que el restaurante había cerrado y que esperábamos que apareciera alguno para llevarnos al hotel. “Es muy peligroso lo que están haciendo”, dijo, y nos pidió que le acompañáramos al bar, del que resultó ser el propietario. Mi amigo y yo nos miramos, pensando que era una trampa, pero al final accedimos. Aquel hombre nos pidió un taxi, que finalmente nos trasladó a nuestro hotel. Mientras abordábamos el coche, vimos a los cinco individuos patibularios hacer guardia por fuera del bar, esperándonos. Hoy he estado recordando aquella noche y pensando en lo atrevido que he sido, con unos cuantos años menos. Y después dicen que el miedo no tiene carácter retroactivo.
NOTICIAS RELACIONADAS
