Dijo un periodista famoso de la radio que su mujer y sus dos hijas viajaron ese día a las doce de la mañana hacia Córdoba en el mismo tren de los siniestros. O lo que es lo mismo, si la cuestión se hubiera asentado en la malandanza, en ese momento habría de estar buscando a su familia, preguntando de manera desesperada si formaban parte de los heridos o de los muertos. ¿El mundo funciona de este modo?, ¿manda lo casual o manda lo preciso? Cierto es que lo casual muchas veces decide, pero ese no es el caso. Lo que condiciona a los hechos que nos perturban son los accidentes. Y este de Adamuz, dos trenes de alta velocidad en choque frontal, es uno de ellos. Lo que determina es la catástrofe.
De donde, unos viajeros salen de sus casas, sin miras a aventuras desmesuradas o peligrosas, y se dan de frente con una realidad catastrófica. Y con ello (cual señala el periodista dicho) lo que acontece: lo que está alrededor de los sufrientes en derrumbe, allegados que averiguan y encuentran heridos e inopinadamente muertos. Así es la vida, no la guerra que llega sin que venga a cuento, la desgracia, esa que no programan los nacidos sino que la programa el urdidor inviolable del laberinto contumaz del destino. Me lo contó cierta vez un amigo dado a las aventuras impropias y que disfruta con el premio a su temeridad en situaciones arriesgadas. Esa vez ocurrió en la India, Como sucede en otros territorios con los viajes en el mar, allí los transportes públicos cuentan con todos los parabienes para dejarte tirado en la cuneta o para permanecer unas cuantas jornadas en el hospital.
Ocurrió en un viaje en tren desde Coimbatore a Nagpur. En un trecho curvo y empinado, el vehículo salió de la vía, se arrastró por el suelo, los cuatro primeros vagones cayeron a una pendiente y más de setenta muertos. Fue uno de los múltiples heridos: la cabeza, golpes en la cadera y los pies mutilados. La recuperación duró más de un año. Yo me lo gané, me dijo, por resistirme a viajar como un turista, ver los encuentros desde fuera y no por mezclarme con los naturales para en verdad conocerlos. Eso sucedió. Que no se parece en nada a lo que ocurrió en Adamuz. ¿Qué responder ante la desgracia que manifiestan los abatidos de la UVI? ¿Qué consuelo se les dará a los vivientes que perdieron a maridos, mujeres, hijos, a amigas o amigos? ¿Es la providencia divina la que sentenció y ante la voluntad cimera de Dios nada que hacer? Lo que señala a estos desastres es la tensión de la existencia, el punto de más que se encuentra en el lugar en el que no prevés que se encuentre. Lo inevitable se sabrá después de los análisis. Pero el saber condicionará las causas, no lo que sucedió. Siempre ante los dilemas las personas, siempre ante los dilemas terminantes.
