El mundo siempre ha ido, a trancas y barrancas, a remolque de las fuerzas que polinizan su evolución. Unas veces son el comercio, otras el conocimiento, pero siempre el poder que consiste en imponer un comportamiento y una idea. Al principio eran las caravanas que cruzaban los desiertos, después fueron los barcos que garantizaban el tránsito seguro por los océanos, y ahora las redes por donde circula la información, capaces de almacenar trillones de datos. Mi hermano ha leído una biografía de Luis Fajardo, un almirante de Felipe III que puede representar la decadencia del control sobre el mar, donde se notan los síntomas de la pérdida del imperio. Creo que está organizando, con Miguel Ángel Aguilar y unos primos nuestros marinos, unas jornadas de debate sobre este personaje en el museo naval. Siempre ha sido igual, desde la lucha de dos hermanos en la tierra de Nod, porque hasta ahora no hemos sido capaces de encontrar el orden que nos haga comportarnos de una manera unitaria, como lo hacen las abejas en sus panales, o las hormigas en sus hormigueros, o las aves en sus bandos de vuelo, o los ñus cruzando el río Mara ofreciendo sus carnes más débiles a los cocodrilos. Estos animales pasaron por millones de años hasta ser lo que son.
No sé si a nosotros nos llegará ese momento en que podamos vivir bajo una norma que todos aceptemos. Nos desenvolvemos en un ambiente de envites continuos y enfrentamientos por el control de los territorios que necesitamos para hacer nuestros negocios con seguridad. La evolución siempre ha sido arrastrada por una expansión cultural, como una ola que no se puede contener y que procura llevar la participación de los avances a todos los rincones, no siempre asimilados con el mismo éxito. Esto lo hicieron Alejandro Magno, Julio César, Napoleón y tantos otros que transportaron sus modelos más allá de sus fronteras naturales. En ese momento el mundo dejó de tener fronteras, con lo que ello supone de invasión de derechos y de abusos. Hay hombres que no aceptan adaptarse a estos movimientos traumáticos y quieren huir: sublimarse y escapar de los moldes para no contaminarse y ejercer su libertad de seres superiores como propone Nietzsche.
El progreso, aunque sea algo engañoso, surge de la unión y de ese principio de incitación y respuesta de Toynbee. La desunión no provoca más que caos y crisis de las que es difícil salir. Cuando se consagra la pluralidad como objetivo se emprende un camino hacia la dispersión que no conduce a nada bueno. Esto es peor si se establece su necesidad para garantizar una permanencia que es a todas luces inestable, pues tiene como objetivo final la ruptura del equilibrio. Vivimos un tiempo endeble, construido con estos principios transitorios, algo que no tiene salida, amalgamado por la coyuntura de mientras dure ya iremos viendo. No hay proyecto de futuro y todo se desmorona como aquellos barcos que el almirante Luis Fajardo intentaba mantener a flote para no perder algo más importante, que era la unidad en un proyecto común.
