Se habla de la debilitación de la clase media y de que la existencia de esta es la que garantiza la posibilidad de la democracia. Las cosas deben ser así si así lo dicen. Lo que ahora vivimos es un deslizamiento de las capas sociales provocado por el descontento. Los jóvenes sufren la imposibilidad real de acceder a una vivienda donde comenzar un proyecto de vida y los babyboomers votan creyendo garantizar la estabilidad de su bienestar relativo, convirtiéndose así en el soporte de un equilibrio económico y social que mantiene falsamente la esperanza en un futuro que se niega a hacerse presente. Algunos culpan de esta situación a las exigencias excesivas de ciertas agendas que han acabado por arruinar nuestras perspectivas de desarrollo más perentorias. Se nota por la presencia de una desaceleración del proteccionismo que exige la desprotocolización en la aplicación de legislaciones europeas que han redundado como freno para el estado del bienestar.
En España casi todo confluye en el problema de la vivienda, que tiene su origen principal en la instauración de ideologías medioambientales, provocando un activismo a ultranza, incapaz de medir las consecuencias de su desmesura. Hace unos días que el presidente del Gobierno anunciaba un plan para financiar la construcción de 15.000 viviendas al año recurriendo principalmente a los créditos ICO. Los créditos ICO siempre han servido para salir del atolladero sin mayor compromiso. Se trata solo de un anuncio, pero de un anuncio a todas luces insuficiente. En pocos años la población ha aumentado en tres millones de habitantes, y más que lo hará teniendo en cuenta las próximas regularizaciones. Hay quien dice que se necesitan al menos dos millones de viviendas, aunque esta cifra es rebajada por los que exigen métodos expropiatorios para resolver el problema. Son, en cualquier caso, soluciones ideologizadas y escasamente eficaces, para seguir teniendo latente el problema con la esperanza de que lo resuelva un cambio de sistema. Para alcanzar esa cifra, que irá creciendo con el tiempo, se necesitarían 133 años.
Hay quien todo lo fía a una política de reemplazo y esto resulta más terrible como propuesta, que los holocaustos que condenamos todos los días. Hay muchos que afirman que es un problema de población y esto me parece monstruoso, porque significa aceptar la supresión de derechos para los que sobren. Siempre habrá que hacer una selección para determinar quiénes son estos, y aquí entra en juego la actualización de propuestas que todos estamos de acuerdo en condenar. Hay demasiada hipocresía en la división ideológica a la que nos conduce la política actual. Luego está la aceptación intelectual de la estadística como principio para establecer una certeza.
Dice Habermás que la verdad sale de lo que se piensa y admite mayoritariamente. En una sociedad donde se debilitan las clases medias este concepto puede resultar muy relativo. La supresión de la clase media es la puerta de entrada para los totalitarismos, tanto de izquierdas como de derechas. Es más, puede dar al traste con todo lo que hemos creído hasta el momento. Por eso se culpa a la Constitución de ser la causante de todos los problemas. Hay jóvenes que dicen que no la votaron y creen que pueden acceder a una vivienda y a un futuro seguro si la cambian. Lo que conseguirán será aumentar la precariedad. Los políticos lo saben, pero no les interesa advertirlo porque están interesados en los asuntos que les lleven a la inmediatez de su supervivencia.
