A finales del siglo XIX, Canarias contaba con una población aproximada de entre 350.000 y 400.000 habitantes. Los estudios sobre migraciones atlánticas coinciden en que, antes de 1898, entre 80.000 y 100.000 canarios habían emigrado a Cuba, sobre todo entre 1830 y 1895. En términos demográficos, ello supone que entre un 20% y un 25% de la población isleña marchó a la isla antillana a lo largo del siglo. En determinadas comarcas rurales -el norte de Tenerife, las medianías de Gran Canaria o amplias zonas de La Palma- la emigración masculina superó el 30% en algunas décadas. Estos datos explican por qué la Guerra de Cuba fue para Canarias un drama vivido en ambas orillas del Atlántico, pues la relación entre ambas siempre fue la de dos tierras unidas por una intensa circulación humana. Cuando estalló la guerra emancipadora los canarios combatieron en ambos bandos. En el Ejército Libertador de Cuba, la presencia isleña fue especialmente significativa. La historiografía coincide en que los canarios constituyeron el contingente de origen español más numeroso dentro del independentismo. Eran campesinos, tabaqueros y pequeños propietarios, plenamente integrados en la sociedad rural cubana, para quienes la independencia se convirtió en una cuestión de supervivencia. Entre los nombres más destacados figura Manuel Suárez Delgado, natural de Santa Cruz de Tenerife, que alcanzó el grado de Mayor General. Su trayectoria resume el desgarro del siglo: hijo de militar español, se incorporó a la insurrección y llegó a mandar importantes fuerzas mambises en Camagüey. Incluso el pensamiento independentista tuvo una raíz canaria incuestionable: José Martí, el gran símbolo de la nación cubana, era hijo de la santacrucera Leonor Pérez Cabrera. En el bando español, cientos de jóvenes canarios fueron enviados a Cuba por el sistema de quintas obligatorias, arrancados de sus ya precarias economías rurales. Según el recuento del historiador Javier Márquez Quevedo, 1.419 soldados canarios participaron en las guerras coloniales entre 1895 y 1898, embarcados en nueve expediciones con destino a Cuba, Puerto Rico y Filipinas; 780 de ellos fueron destinados a la isla de Cuba. La mortandad entre estos contingentes estuvo causada mayoritariamente por enfermedades tropicales, hasta el punto de que el 90 % de las bajas canarias no se debieron a acciones de guerra, sino a la fiebre amarilla, el paludismo, la tuberculosis o la disentería. En la España de la época había un dicho popular que rezaba: “hijo quinto y sorteado, hijo muerto y no enterrado”. El sistema de reclutamiento vigente durante las guerras coloniales incluía un mecanismo legal conocido como “redención en metálico”, que permitía a los jóvenes sorteados evitar el servicio militar mediante el pago de una cantidad al Estado o la contratación de un sustituto. Este sistema, plenamente legal en el siglo XIX y vigente hasta su abolición en 1912, convirtió el conflicto colonial en una carga asumida casi exclusivamente por las clases populares, mientras que las familias con recursos podían librar a sus hijos del frente. En territorios como Canarias, de economía rural y escasa burguesía, sus efectos sociales fueron especialmente severos. La derrota del 98 dejó en Canarias una huella dolorosa. Los barcos de repatriación devolvieron a los puertos isleños a cientos de hombres enfermos, mutilados y abandonados por el Estado. La Guerra de Cuba fue una herida doble: se perdió en ambos bandos.
