tribuna

Cartas de amor

En Kew, una población al sur de Londres, se ha inaugurado una exposición de 50 cartas de amor escritas a lo largo de los últimos 500 años. Cuando las cosas pasan a los museos y a las exposiciones antológicas es porque ya han dejado de existir. Las cartas son una señal de lejanía o de la distancia insalvable que impide la comunicación. En el mundo actual esto se soluciona con una videoconferencia o con una conversación en streaming. Sin embargo, esta rememoración de un medio prácticamente obsoleto nos conduce a la nostalgia por un sistema de seducción cuajado de romanticismo. Escribir una carta es un ejercicio solitario, una confesión desde la soledad de un escritorio, donde se pueden verter sentimientos seleccionados que serían imposibles de manifestar en vivo y en directo. Por otra parte se trata de una modalidad literaria para la que se precisa una cierta disposición artística. Una carta puede hacer vibrar el corazón de quien la recibe, pero no contiene la información física, visual y auditiva, tan necesaria para complementar una impresión favorable. Aunque algunas cartas venían perfumadas, el aroma del papel no es suficiente para transmitir una sensación de realidad, pertenece a un aditamento ficticio que acompaña siempre al juego del amor. Es mejor el encuentro a pelo, sin engaños; máxime cuando se trata de construir un proyecto de futuro donde hay que evitar las sorpresas sobrevenidas con posterioridad. Por mucho que se perfumen con lavandas, nunca las misivas delatarán que el que las escribe padece halitosis o le huelen los pies. Me gustaría visitar esa exposición de Kew, verificar los diferentes estilos y adivinar las causas que mueven a la escritura: la confesión sincera, el ánimo de conquista, la petición fervorosa de no ser rechazado, o la llamada desesperada para evitar un fracaso. Las cartas de amor, en la mayoría de los casos, tenían la intención de mantener la llama viva para derrotar al desgaste de la ausencia, pero, por otro lado, eran la confesión de un sentimiento irrefrenable que no podía expresarse de otra manera. En la mayoría de los casos con mayor riqueza que la que pudiera provenir de una conversación vis a vis. Ya no se escriben cartas, donde la espera de la contestación formaba parte de la fantasía, como el que compra un boleto de la primitiva y sueña con ser agraciado. Antes el correo venía por barco y cuando llegaba al destinatario había novedades sobrevenidas que no podían conocerse hasta una nueva comunicación. El mundo vivía en un aislamiento apasionante y el tiempo concedía un margen para que las cosas se fueran consolidando, a fuego lento, como dice la canción de Rosana y un tango de Piazzola. Ahora vivimos las prisas del aquí te pillo aquí te mato, y el amor, en muchos casos, es flor de un día, como en la tele. Estas cartas escritas a lo largo de 500 años demuestran que un sentimiento puede convertirse en eterno si se traslada a un papel, a pesar de ser escondido en un armario para que el tiempo termine por borrarlo. Hace más de 50 años escribí una canción que hablaba de esto. Se llama El armario y dice así: “Quién pudiera guardar en cada leja/ como tú, los recuerdos que se alejan./ Y las gavetas tener siempre de sueños bien repletas./ Armarios empotrados en mi alma,/ departamentos de ilusiones viejas./ Clasificadas, perdidas, olvidadas./ Amores suspendidos de las perchas/ y abajo los zapatos desechados/ de los que ya no cantarán las suelas,/ como tampoco canta en el oído/ la vieja carta del amor que fuera/ escondida una tarde en el cajón,/ esperando con él que se muriera”.

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