El Teide tiene pulso. No lo digo yo, lo afirman los científicos. Unas extrañas señales, inéditas según parece, se producen a 12 kilómetros de profundidad. El viejo volcán ha emitido avisos “débiles, silenciosos y técnicos”, según las palabras de quienes saben de digestiones volcánicas. El Teide es, pues, un ser vivo, un gigantón bondadoso cuyos intestinos llenos de magma se están moviendo levemente, sin que ello signifique que vaya a vomitar. Lo hará, tarde o temprano, porque estas islas nacieron del fuego hasta que ese infierno quedó sepultado por el propio gigante, el mayor de España y uno de los grandes de Europa, si es que esto es Europa, que yo ya no sé nada. No hay que preocuparse demasiado; lo que tiene que ser, será. Yo he visto devolver a dos volcanes en La Palma, el ya lejano y bondadoso Teneguía, que se portó como un campeón apuntando al mar, y el más jodido de Cumbre Vieja, que no destruyó más la isla porque no pudo. Ahora el Teide llama la atención de los científicos con suspiros y respiraciones alteradas levemente, muy profundas, pero que ahí están. Los que saben le ponen un 2 en la escala de Richter y esto casi no es nada. Yo creo que los vulcanólogos saben más de lo que dicen y yo no me quedaré tranquilo del todo hasta que no escuche las sabias palabras de quien más conoce de volcanes: el profesor Juan Carlos Carracedo, querido amigo. Pero el Teide tiene pulso, lo han detectado los sismógrafos, que son los fonendos de la montaña. Hombres de blanco controlan la respiración del viejo Pico y vigilan concienzudamente sus posibles digestiones pesadas, que todavía no lo son. ¿Para cuándo? Estamos hablando de edades geológicas, que nada tienen que ver con las edades de los hombres. Digo yo.
