tribuna

Golpe Supremo

Mañana lunes en España se cumplen 45 años del tejerazo, y en EE.UU., este viernes, lo del Tribunal Supremo contra los aranceles de Trump ha sido como un golpe a la inversa, que lo devuelve a rastras a la senda democrática.


Dada la mentalidad del golpista que mandó asaltar el Capitolio hace cinco años, le ha sentado como la derrota ante Biden. La misma ira le traiciona ahora, tachando a los jueces de “perros falderos de la izquierda radical”. Trump entra en territorio ignoto.


Trump empieza a ser un cadáver político. Y esta es la primera demostración de fuerza del inconsciente democrático estadounidense contra la deriva de un líder autoritario. El máximo tribunal emite una señal didáctica para todas las democracias occidentales, antes de verse evacuadas por el albañal.


Tiene más mérito, porque es un órgano de mayoría conservadora que reprende a un presidente que se sale de la raya. Para que se apliquen el cuento quienes le siguen el juego a las tiranías de moda, con el señuelo de que es una ola imparable. En EE.UU., donde esa ola nació, se truncó hace meses, que se sepa. En medio de la orquestación antidemocrática del movimiento MAGA, ahora acaso estemos ante un antes y un después, un claro ejemplo de checks and balances, de división de poderes, un volantazo en la cima del Estado que reconduce el rumbo en la buena dirección, para que se cuente con el Congreso y no se le dé la espalda, como ocurrió con aranceles y acciones de guerra. La llamada al orden es posterior al ataque ilegal a Venezuela, pero precede, ahora, al de Irán.


El Supremo humilla al presidente donde más le duele, en vísperas de su primer discurso sobre el Estado de la Unión, este martes, en el Congreso, como un boxeador noqueado. Los aranceles son el arma y el alma del trumpismo en el poder. El Supremo le ha bajado los humos al hombre naranja que vive adicto a la amenaza.


Trump no está en condiciones de gobernar. Por razones de edad, de incapacidad política manifiesta y, sobre todo, por razones de salud. Su estado no es precario, es bastante delicado, según cierto consenso médico que comienza a aflorar. Hace poco, en la puesta de largo de su Junta de la Paz, dormitaba sin reparo hasta que le despertaron los aplausos de un modo desternillante.


En abril de 2025, con un cartón pluma plagado de cifras falsas, hizo saltar por los aires el ecosistema del comercio mundial, y, eufórico con sus aranceles dopaminérgicos, emprendió una cruzada sin tregua en múltiples frentes, acaso empujado por sus primeras pruebas médicas. Hizo creer que tenía al mundo a sus pies –“me están besando el culo”, se burlaba de los líderes extranjeros-. Después, le dio por bombardear supuestas narcolanchas en el Caribe, hasta que lanzó los Delta Force contra Venezuela y capturó a Maduro, su pieza de caza mayor. Estaba exultante y creyó que el resto sería pan comido, con tal de desviar los focos. ¿De dónde? Del caso Epstein, su mayor quebradero de cabeza desde que volvió al Despacho Oval.


Pero cometió dos graves errores, tras apadrinar el genocidio de Gaza y sujetarle el teléfono a Netanyahu para que pidiera perdón al catarí. Pisando el acelerador, anunció la loca idea de la Riviera de Oriente Próximo, que encomendó a su yerno, Jared Kushner. Por momentos se olvidaba de la guerra de Ucrania, más pendiente de Putin que de Zelenski. Y empezó a dar cabezadas en público y a mostrar moratones en la mano.


Sus dos errores fueron Groenlandia y Minneapolis. Sobre la isla ártica sobrevoló la sospecha de que atacaría a un país de la OTAN, Dinamarca, y Europa se plantó. En Davos tiró la toalla. Era célebre su apodo de TACO, el acrónimo de “Trump always chickens out” (“Trump siempre se acobarda”). El primer ministro de Canadá, Mark Carney, un prestigioso conservador del mundo financiero, tocó a rebato y le propuso a Europa rebelarse contra Trump. ¿Qué estaba empezando a suceder? ¿Qué sabía Carney?


En paralelo, ocurrieron los crímenes del ICE en Minneapolis (su segundo error), el asesinato de la poeta Renée Good y el enfermero Alex Preti, y la detención escandalosa del niño Liam. En el Despacho Oval ya no se sentaba un demócrata. El arrebato arancelario había hecho más poderosa a China. La fiel aliada UE había sido expulsada de la habitación y declarada estratégicamente enemiga.


Su legado de deportaciones, plutocracia y corrupción familiar lo han hundido en las encuestas, abocado a una derrota ominosa en las elecciones de medio mandato en noviembre. El fulgurante icono de la ultraderecha global se está cayendo, aunque en Europa, en España, las fuerzas afines corren un tupido velo y cruzan los dedos para que ningún niño, como en el cuento de Andersen, grite en público señalando a Trump: “¡El rey está desnudo!”
Es lo que el Supremo ha hecho.

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