Hay algo que en Canarias se repite elección tras elección, como un eco que vuelve siempre al mismo punto: la fragmentación. No hablo únicamente de ideología ni de matices programáticos; hablo de una realidad que se impone con crudeza: cómo un espacio político puede tener propuestas sensatas, personas valiosas, experiencia institucional, una voluntad sincera de transformar la sociedad, y aun así quedarse fuera del tablero decisivo por no haber sabido caminar junto.
En Canarias conviene recordarlo siempre: no gobierna necesariamente quien más votos obtiene, sino quien es capaz de construir mayoría. Y para construir mayoría no basta con ganar: hace falta sumar, coordinar, entender el momento y actuar con responsabilidad.
El problema de fondo no es la ausencia de ideas ni la falta de causas justas. En el espacio progresista hay talento, militancia, historia, arraigo territorial y un compromiso evidente con cuestiones esenciales como la vivienda, los salarios, los servicios públicos o el futuro de los jóvenes. La dificultad aparece cuando demasiadas piezas concurren por separado; cuando proyectos que se parecen más de lo que admiten compiten como si fueran irreconciliables, desperdiciando fuerza colectiva en un sistema electoral que no premia la diversidad dispersa, sino que la castiga con dureza.
Se pierden votos, se pierden escaños, se pierde influencia real. Y al final, una parte significativa de la sociedad, que desea políticas más sociales y valientes, ve cómo ese deseo se diluye en el reparto parlamentario. La política, por desgracia —o por madurez democrática—, no consiste solo en tener razón: consiste en ser útil.
Un pacto amplio progresista no debería entenderse como una renuncia, sino como una declaración de responsabilidad. Sería decirle a la ciudadanía que se comprende lo que está en juego; que por encima de las siglas está Canarias; que por encima de las trayectorias individuales está la posibilidad real de transformar. Esa es la verdadera madurez democrática.
La gente está cansada de contemplar cómo se repite la misma escena: pequeños espacios compitiendo entre sí mientras otros bloques, con menos complejos y más pragmatismo, se organizan, pactan, se entienden, se reparten el terreno y terminan gobernando. La pregunta que queda en el aire es sencilla: ¿queremos tener razón o queremos gobernar para cambiar las cosas?
Aquí entra una palabra incómoda, casi siempre evitada, que es el verdadero filtro de cualquier proceso de unidad: generosidad. La generosidad es el elemento decisivo, porque construir un frente amplio de verdad exige algo difícil: exige que nadie pretenda imponer su liderazgo como condición; exige que nadie confunda unidad con absorción; exige que nadie se crea propietario del espacio progresista.
Muchas oportunidades históricas se han frustrado precisamente por eso: por los liderazgos impuestos, por los egos camuflados de estrategia, por la obsesión de encabezar como si el objetivo fuera sobrevivir antes que servir. El momento actual, sin embargo, pide lo contrario: pide humildad, pide altura, pide comprender que llegan fuerzas nuevas, jóvenes, frescas, con otro lenguaje, con otra energía, pisando fuerte, y que esas fuerzas no son una amenaza, sino una oportunidad.
El progresismo no puede convertirse en un club cerrado: un ecosistema donde lo nuevo solo entra si acepta las reglas de siempre. La sociedad cambia, las preocupaciones cambian, la manera de comunicar cambia, y si se quiere volver a ser mayoría social y parlamentaria resulta imprescindible abrir ventanas en lugar de levantar muros.
Las fuerzas emergentes aportan conexión con generaciones desencantadas, valentía en temas incómodos, frescura narrativa, menos mochila del pasado y más claridad en prioridades. Eso no se puede despreciar ni tratar como un problema: se tiene que integrar como un activo.
Un pacto amplio, además, debería construirse desde el respeto, no desde la lógica del “te absorbo”. Cada sigla, cada proyecto, cada sensibilidad aporta algo valioso. Hay quienes tienen estructura territorial; quienes poseen experiencia institucional; quienes representan islas concretas; quienes llevan años sosteniendo causas invisibles; quienes traen energía nueva. La suma no es solo electoral: la suma es humana, moral y estratégica.
Porque la unidad verdadera no consiste en borrar diferencias; consiste en ordenarlas al servicio de un objetivo común.
Este razonamiento no sirve únicamente para las elecciones autonómicas: también tiene sentido en las generales. Canarias necesita una voz fuerte en Madrid. Necesita capacidad de condicionar presupuestos, políticas migratorias, inversiones, vivienda, financiación autonómica. Cuando el voto progresista canario se fragmenta en pequeñas piezas que no pesan, se pierde capacidad de negociación, se pierde respeto, se pierde influencia en un Congreso donde muchas veces todo se decide por uno o dos escaños. La dispersión no es una postura ética: es una debilidad práctica.
El mensaje más potente de una coalición amplia no sería numérico: sería moral. Sería decirle a la ciudadanía algo raro, casi revolucionario en tiempos de desconfianza: estamos aquí para servir, no para sobrevivir; estamos aquí para construir futuro, no para mantener protagonismos.
La gente entiende cuando alguien renuncia a parte de su foco para ser útil. Esa altura genera credibilidad, moviliza, ilusiona, rompe la resignación y combate la abstención, que es el verdadero adversario silencioso.
La unidad no lo arregla todo. Nadie debería venderla como un milagro automático. Pero sin unidad todo es más difícil. El momento ya no pide pureza: pide utilidad. Ya no pide fragmentos: pide proyecto. Ya no pide líderes eternos: pide equipos generosos. Ya no pide cálculos pequeños: pide grandeza.
Si el bloque progresista quiere tener futuro en Canarias —en las autonómicas y en las generales—, necesita entender algo básico: la unidad no se construye con imposición; se construye con generosidad, con respeto y con una visión común que esté a la altura de lo que Canarias merece.
