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La prótesis

Me cuenta una amiga, que me ha pedido que no la cite por razones de posible cachondeo, que, siendo mediopensionista en el colegio Luther King, se quitó su corrector dental para almorzar, y cuando terminó de comer se olvidó colocárselo. Lo había dejado en el platito del pan y cuando regresó a buscarlo ya no estaba. Al cabo de un tiempo la llamó el director del colegio y ella creyó que para echarle una reprimenda por algún desliz en sus estudios, aunque ciertamente extrañada porque se trataba de una buena alumna. “Aquí tienes tu aparato de los dientes”, le dijo el director del centro. Ella lo cogió e hizo ademán de colocárselo en la boca, pero el director dio un grito y dijo: “¡Quieta!”. Alarmada, mi amiga preguntó por la razón del grito y el docente entonces le confesó que el aparato había sido encontrado en el estómago de un cochino. Que el carnicero había indagado en el Colegio de Odontólogos y que el registro del aparato, por su numeración, remitía al excelente dentista Bernardo Cámara, uno de los grandes de la odontología tinerfeña, que tenía su consulta en el Puerto de la Cruz, concretamente en la calle Doctor Ingram, debajo de la central telefónica que regentaba Lolita, una mítica empleada de la Compañía Telefónica Nacional de España. Resultó que la prótesis dental había viajado desde el comedor del Luther King a la comida para los cochinos, el marrano fue sacrificado y el matarife halló en su estómago el aparato, que fue remitido al dentista, vía colegial, y de ahí enviado a su dueña, en el colegio Luther King. La historia, verídica, terminó con el aparato conservado en una urna en el despacho de Bernardo Cámara, que lo guardó como un tesoro y como el testimonio de una historia rocambolesca. Otro día les cuento cuando Eva Fariña, periodista, buceadora y amiga, encontró una dentadura postiza en el fondo del mar.

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