La policía del condado de Norfolk, al Este de Inglaterra, ha detenido durante 11 horas a Andrés Windsor, antes llamado príncipe Andrés, por conducta inapropiada. Parece ser que el pájaro había filtrado información comercial sensible al pederasta Epstein, ahora en las profundidades del tiempo, a cambio de favores sexuales del harén de menores que el proxeneta había reclutado para satisfacer los libidinosos deseos de sus clientes. El sexo ha controlado y controlará al planeta y lo prohibido, sobre todo, hace caer a los humanos en las mayores vilezas. Ya lo decía la Biblia. Andrés se tendrá que repasar el motor porque se le sale el agua por el carburador. Dicen que era el hijo preferido de la Reina Isabel, que como ya no está, pues no podrá acogerlo en sus monárquicos senos. Es decir, que ha permanecido, al menos unas horas, mientras registran sus palacios, en una fría comisaría con cama turca, inodoro de aluminio y ducha privada, eso sí, todo muy limpito que para eso el detenido tiene la sangre azul. Todo lo que huele a Epstein está apestando, pero las andanzas del pedófilo a la que deja con el culo al aire es a la propia condición humana. Ahí tienen a un magnate de las redes y de la era digital pidiéndole consejo para no pegar cándidas a su mujer, como si en el mundo no existiesen hospitales, médicos y especialistas en venéreas y Epstein se hubiera convertido en el gurú de la transmisión sexual. Uno, que parecía que lo había visto todo en esta profesión, resulta que no, que quedan cosas. A ver por qué cayó en desgracia el tal Andrés (yo no me creo lo de la revelación de secretos), a ver por qué se citan en los papeluchos de Epstein a figuras mundiales y a ver cómo se recompone la maltrecha Policía Nacional en nuestro país, por asuntos de la follandusca. Joder.
