Como dice la canción, la flaca me tiene loquito. Es un coral negro de La Habana. Es una tremendísima mulata con cien libras de piel y hueso, cuarenta kilos de salsa y en la cara dos soles que sin palabras hablan. La flaca también colma la sed de la bachata, el merengue, ballenato y cumbia. ¡Ay! La flaca. Gracias a Dios en Canarias somos más de allá que de acá. En las Islas nos gusta más el meneo meridional que la jota y el chotis. Y relegamos también las sevillanas aunque el pijerío de aquí se apunte, en mayo, a las casetas y al faralá. Mejor roncito que fino, vaso vino del país que sangre de toro. Mejor “aprieta mi niña” que cintura de madera.
Este carnaval bailaremos despasito. Apartaremos de nuevo la c sin querer y sin afectación excesiva. Sesearemos aunque le joda a Trump y al godo enterado. Somos más que quienes enarbolan al norte las barras y estrellas, y la roja y gualda en la Puerta de Alcalá. Las siete estrellas verdes con un plato de camarones y cervesita saben muy bien de amanecida en el malecón de San Andrés después de remontar, una y otra vez, la madrugada de Santa Cruz.
Tenemos un corasón que ya quisiera la fauna septentrional que no sabe hacer siluetas de amor bajo la Luna. Por eso nos arrimamos a Bad Bunny pese a que no nos guste el reguetón. Mención aparte es enchufarse a la gasolina de Daddy Yankee. ¡Mamita! Dame más gasolina, gasolina caliente como el agua de la fuente. Te regalo los besos tibios.
Los trece minutos del intermedio de la Super Bowl cantados en español latino, salvo la irrupción cómplice de Lady Gaga, fueron más efectivos que los kilómetros de letras calientes impresas o articuladas en defensa de los derechos de los campos de asúcar y cultivos de plátano o banana (tanto da). Benito Antonio Martínez Ocasio hizo historia sobre el escenario ante más de cien millones de seres humanos de todos los colores que se mojaron con lluvia de café. Mientras, la banda del Ku Klux Klan se jartaba a bourbon, entre litros de country, en lo más profundo del Tío Sam, al tiempo que el pollaboba de Donald se la envainaba sin entender ni papa del idioma que bostican más de 41 millones de personas en Estados Unidos.
El mensaje sociopolítico de Bab Bunny se presentó sin eslóganes. El acto de resistencia se sirvió, simplemente, con la libertad del ritmo negro, blanco y taíno.
Días después, al otro lado del Charco, en la mayor de las Canarias, en el paradise, se bailaba con mucho tempo y mucho hot a la sombra del padre Teide. Tenerife coronaba reina del Carnaval a la joven Carla Castro, ataviada con un diseño de Alexis Santana. Antes, la banda cubana Los 4 actuaba con descaro en playback desluciendo el show. De igual manera, un venido a menos Manny Manuel cubría el expediente, echándose de menos la presencia de una primera figura internacional de música latina. La celebrada carnestolenda tinerfeña bien merecía a una superestrella actual y no a un ave fénix del merengue. Serán las vacas flacas de la Primera Federación. Esto no es fútbol americano.
Y si las actuaciones invitadas fueron de segunda, la ausencia de Los Trapaseros, primer premio de Interpretación en el concurso de murgas, deslució todavía más la Gala dirigida por el debutante Daniel Pages. Sin entrar a valorar polémicas, cabreos o malentendidos, no es de recibo que la única representación murguera en el espectáculo más importante del Carnaval tinerfeño recayese en la añosa (y querida) FuFa. Pena de mundo chico.
¡Viva la fiesta!

