Soy adicto a Pasapalabra. Siempre es mejor que serlo a otras cosas de las que afortunadamente me libro. Me caen muy bien los dos concursantes. Son educados, cultos, amables, pacíficos y buenas personas; todo lo contrario que esa aparente generalidad de un país adusto, soliviantado y eternamente cabreado con el vecino que se nos presenta habitualmente en las redes sociales. Afortunadamente me reconforta comprobar que España es otra cosa. Ese mundo de fango, de y tú más, de acusaciones y descalificaciones, desaparece cuando enciendo el televisor y veo a Manu y a Rosa compitiendo por el rosco.
Se lo llevó ella. 2.716.000 euros de los que Hacienda le quitará un buen pedazo. Vimos un programa especial en Antena 3 con motivo de la entrega del premio. Salieron los familiares y pude comprobar que las cosas no son por casualidad. Son gente buena y sencilla que creen en el esfuerzo y construyen su seguridad en la confianza de un futuro mejor. Mientras existan estamos salvados. Las personas con las que me trato habitualmente son así, y aquellas con las que me cruzo en el hipermercado aparentan serlo también. ¿Entonces qué pasa para que sintamos la zozobra de que todo se va a ir a pique de un momento a otro? Alguien me está vendiendo la otra cara de la moneda con la desazón y la desgracia en primer plano.
Hay otros concursos en la tele donde se expone descaradamente la ruindad, la artimaña y el truco para salir triunfante. Un mundo sin normas se impone con el marchamo de lo contestatario. Las parejas se traicionan en una isla y las familias se despellejan unas a otras en los platós bajo la dirección de unos presentadores ansiosos por provocar la polémica, incluso donde no la hay. Los llamados programas del corazón, responden más al corazón partío de Alejandro Sanz que a otra cosa. No me gustan. Parece que la escena política nacional ha copiado esa estructura pésima para mostrar una realidad que no existe.
La verdad es que las familias españolas son como las de Rosa y Manu, confiadas y optimistas en que los conflictos se resuelvan, y ajenas a las luchas que solo interesan a las minorías enervadas por el debate. Rosa es bajita, como su familia. Manu es espigado y rubio. Rosa viene de Argentina, demostrando los valores positivos de la inmigración. Es profesora de lenguas en Barcelona y dice que volverá a su trabajo y que el dinero solo significa una tranquilidad económica. Su dedicación a la enseñanza es lo que la hace feliz. Manu es psicólogo y también se lleva un buen pellizco, cerca de 300.000 euros. Me gustaría compartir un rato con los dos y que me cuenten cómo logran el control para superar la presión diaria de enfrentarse a la eliminación, que es una cosa con que la vida nos amenaza permanentemente. Rosa se sabía el nombre de un jugador de beisbol y le valió más de dos millones y medio de euros. Ustedes me dirán para qué sirve saber eso. Para nada. Sin embargo, mi reacción es que merece la pena conocer a personas que me ofrecen la realidad optimista de que todo es de otra manera a como me lo cuentan.
Por un momento me olvidé de Sánchez, de Abascal, de Feijóo y de todos los demás, y empecé a valorar que estoy rodeado de una realidad en la que estos personajes son la excepción. La mayoría de los que conozco son Rosas y Manus. Lo otro es un decorado falso, una ficción creada para confundirnos.
