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Una rosa

Ella paseaba por Sierpes, hacia las cinco de la tarde, vestida con un viejo traje de faralaes y una rosa en la mano. En la otra, una castañuela, que no sabía tocar. Cantaba, sin música, fandangos y sevillanas y la gente le metía las monedas de a peseta en un bolso de mimbre que portaba cerca del codo y que se daba de bruces con el anticuado atuendo folklórico que llevaba encima. Siempre entregaba su única rosa y a la anciana también la llamaban Rosa. Su destino final era, inexorablemente, la sala de disección del viejo hospital de La Macarena, carne de prácticas para irrespetuosos estudiantes de medicina salpicados de formol. El jefe del grupo de Técnica Anatómica en el que me incluyeron era un tal Adolfo, más sucio que las calles del barrio, gordito y cegato, un virtuoso del bisturí: diseccionaba los nervios de los muertos con la precisión de un carnicero. Yo nunca encontré a Rosa allí, otros sí la recuerdan, inerte, colocada sobre una mesa de mármol más fría que la propia parca. Luego, al terminar la clase, otra vez a nadar en formol, en las piscinas tenebrosas de los sótanos del viejo hospital sevillano. Rosa ya no podía cantar porque los estudiantes habían hurgado en sus cuerdas vocales. Sus fandangos y sus sevillanas vagaban por el Círculo de Labradores, cuyos acaudalados socios le metían a Rosa la peseta en su bolso de mimbre, cada tarde. Ella les entregaba su única flor. En mis tardes/noches de Sevilla, cuando en marzo o abril se percibe el olor del azahar, mi recuerdo de Rosa se repetía en cada esquina de Sierpes y de Tetuán y me acompañaba hasta La Campana. Allí yo compartía copas, en el bar del Luz Sevilla, con Jaime Ostos, ole tus cojones Jaime, hablando siempre de toros. Y de mujeres. Rosa había muerto ya, dejando una estela de olor a primavera detrás.

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