En tiempo de menceyatos a la demarcación geográfica de Araya, barrio del municipio de Candelaria, se la denominaba Xiban. Según el genealogista Elías Torres, la primera vez que se citó el nombre de Araya en un documento escrito fue en abril de 1574, sesenta años después de habérsele concedido a Miguel de Güímar (guanche prominente) estas tierras de medianía situadas a 350 metros sobre el nivel del mar.
Dejando a un lado la ladera de Chafa, el macizo montañoso que delimita el Valle de Güímar por el nordeste, subimos por un sendero hasta topar con un mojón de piedras desde el que se divisa el valle de Güímar con su horadado barranco de Badajoz al fondo, la reserva natural del Malpaís en la costa y un poco más acá, la basílica de la Virgen de Candelaria. O sea, Chaxiraxi.
En la cima, tras superar cardones, tabaibas dulces e indeseables rabos de gato encarados al viento, despunta el pino canario. Solo rompe el silencio el ruido de unas motocicletas a todo gas que, abajo, en la carretera, queman el asfalto. La contaminación acústica también perturba a un escurridizo conejo que corre hacia el barranco de Chacorche. Bendita toponimia guanche, patrimonio cultural inmaterial, como cualquier otro grupo de nombres propios de un lugar.
Algunas cuevas agujerean el paisaje, planea el cernícalo y serpentea el Canal de Araya clavado en la pendiente. Este conducto nació en 1928, cuando el general Primo de Rivera, y se extiende a lo largo de casi cuarenta kilómetros. Se construyó para trasvasar agua del Valle hasta el Área Metropolitana. En la actualidad transporta un volumen total circulante aproximado de quince mil metros cúbicos al día.
El Canal de Araya tiene tapa de argamasa y más empaque que una humilde atarjea que conduce el agua en terrenos de cultivo. En Madeira, isla hermana de la Macaronesia, a estos canalitos se les denomina levadas y, de igual forma, riegan los peñascos atlánticos nuestros, ahora más verdes y húmedos que nunca. O así parece. O así nos gusta decir a quienes disfrutamos con el olor a campo mojado, incluso el que se orienta al sur de la dorsal de Pedro Gil, que vaya usted a saber por qué se llama así.
Decía que el Canal de Araya tiene tapa de argamasa, pero la realidad, ya sea por el impacto de un berolo o porque la pulga del tanganillo saltó más de lo debido, es que presenta trozos en donde el correr del líquido elemento se abre a la intemperie. Entonces, refrescas los pinreles o pierdes las gafas de sol al caer sin querer a la profundidad y perderles la pista como alma que lleva el diablo. Un día de estos el grifo del fregadero arrojará unas Ray-Ban. Y no será un milagro.
A 550 metros de altitud asoma la Casa de La Mesa, construcción de piedra del siglo XIX, más muerta que viva. Apenas se intuyen la morada y el establo para las cabras u otras bestias que se utilizaban para las labores de labranza. Los bancales, abandonados. Y en el suelo del refugio, pencas y vigas de madera.
La finca Las Haciendas, propiedad del Cabildo de Tenerife, destinada a la investigación agrícola, muestra mejor cara. Trabaja con buena parte de las variedades de frutales que se han atendido históricamente en la Isla, además de albergar diversos elementos tradicionales: vivienda, lagar, bodega… Antes denominada La Florida, este conjunto histórico es un ejemplo de recuperación.
Cae la primera tarde en Araya y la gazuza despierta la apetencia. Ernesto, que es lugareño, recomienda la tasca El Kuarto. Y ahí vamos con el ánimo de dar buena cuenta del rico escaldón y del bichillo que promete.

