Uno de los días más importantes de mi vida profesional tuvo lugar en el despacho que tenía don Elías en la ya desaparecida sede del Diario de Avisos en la calle Salamanca. Mi designación como director del periódico era ‘oficiosa’, pero aún quedaba una conversación, un encuentro, para poder hacer oficial el nombramiento. Tenía que hablar con don Elías a solas. Siempre cercano y de pocas palabras, aquella charla fue sencilla en su contenido, pero de manera socarrona, don Elías me dijo que yo estaba allí principalmente por ser de la casa; que era quizás muy joven para el cargo (38 años); que, si bien confiaba en mí, me dejara asesorar por…; pero, sobre todo, me dejó ir diciéndome que todo iba a ir muy bien. Y poco más. Pero esas últimas palabras antes de darnos la mano provocó que al día siguiente el vértigo ante el reto fuera muchísimo menor. Nunca lo supo, pero fue él con su particular bendición quien hizo que el tembleque de piernas al volver a la redacción desapareciera.
Ahí quizás residía el valor de don Elías, que con poco decía mucho y, sobre todo, hacía mucho. El respeto que le tenía no cambió nunca, varias conversaciones con él a solas, de las que nadie más tenía conocimiento -porque en un día sin nada relevante me llegaba simplemente el recado de “don Elías quiere verte en su despacho”- hizo que surgiera una pequeña confianza que después con la salida de uno y otro del Diario se transformó en cariño cuado nos cruzábamos en algún evento.
Habrá otros que destaquen mejor y en detalle su trayectoria política, empresarial y social, pero agradezco la llamada de esta casa, que fue también la mía, durante más de 10 años, la oportunidad de dedicarle unas líneas a don Elías. La oportunidad, sobre todo, de darle las gracias. Entré en el Diario como redactor de la mano de Juanma y Leopoldo, pero allá arriba estaba don Elías sosteniendo un proyecto que ya en esa época empezaba a ser una tarea hercúlea. Jamás, siendo años después director, cuando los números no daban, cuando aún se medía el éxito del periódico por la venta en kioskos y las cifras eran negativas, cuando en alguna ocasión erraba en el enfoque editorial, jamás hubo un reproche y aquellas llamadas al despacho nunca fueron para tratar esos asuntos. Su salud se resentía y en ocasiones me decía que ya le costaba estar al tanto de todo y que le contara “qué está pasando de verdad”. Qué gran honor era don Elías.
Gracias por apostar por aquel proyecto, gracias por confiar en mí, gracias por tenderme la mano solo para apoyarme y gracias por su sonrisa franca y alegre cuando nos vimos la última vez. Es el mayor y mejor recuerdo que me llevo de usted, don Elías.


