tribuna

Los beneficios de la insulina

Me ha dicho la chica que limpia en casa que su perro es diabético y que le cuesta un pastón cada vez que lo lleva al veterinario para medirle el azúcar. Es caro tener una mascota enferma, y encima el seguro no te lo cubre a pesar de ser considerados miembros de la unidad familiar. Luego no se deja poner la insulina y lo tiene que distraer con un filete de pollo.

Le digo que no es bueno tener animales en casa, pero ella me dice que lo quiere y que tuvo un gato que se cayó de un tercer piso y se fracturó una pata. El arreglo le costó mil quinientos euros. En la clínica le propusieron que lo sacrificara, pero ella respondió que no haría eso por nada del mundo. Hago el chiste de que los gatos tienen siete vidas y si eso se repite tendrá que pagar diez mil quinientos. Entonces se horroriza y se ríe. Le conté que un día apareció un periquito en el patio, le fui a comprar un paquete de pipas y el muy cabrón me pegó un picotazo que casi me arranca un dedo.

El lagarto que vive debajo de la nevera se ha marchado. Hace meses que no lo veo. Volverá, me dice, en cuanto se recupere el buen tiempo. Es grande. Un día me dio un gran susto y deja unas cagadas enormes en la cocina, me comenta con la complicidad de conocer de un asunto del que nunca hemos hablado. Yo le contesto que había una colonia debajo de la tarima del patio y que deben haber emigrado a otra parte, pero ella sentencia: Volverán.

Pienso en las oscuras golondrinas de Gustavo Adolfo y creo que lo que nos quiso decir es que lo malo siempre retorna y que lo bueno lo tiene más difícil. Aquellas que aprendieron nuestros nombres, esas no volverán. Es un poco desesperanzado este romanticismo abrupto y negativo como el vómito de un tísico. La chica de la limpieza dice la verdad. Ella está prisionera de una adicción con los animales de compañía, pero así es feliz. Su perro diabético la está arruinando y la Seguridad Social no se hace cargo de él.

Estas son las cosas que suceden en la vida doméstica de una persona mayor que vive sola en su casa esperando que los martes venga la chica de la limpieza a relatarle algo sobre la vida que transcurre más allá de la puerta de la calle. Esta realidad que palpo me devuelve el optimismo de una existencia que se empeña en observar lo que sucede con los demás sin darme cuenta de los auténticos detalles, que es donde generalmente se encuentra la riqueza de las cosas.

Hace un rato estaba abajo, planchando la ropa sin percatarse de que yo estoy escribiendo sobre ella y su perro que necesita insulina todos los días. Es complicado tratar de hallar algo de alegría en todo esto, sin embargo me ha contagiado un estado que no acierto a identificar. Es como la satisfacción por descubrir la verdad de la otra cara del mundo y eso me provoca una ternura infinita, aunque yo no sienta lo mismo por los perros y los gatos. Si no fuera por esto…

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