tribuna

Un paseo por la normalidad

Venezuela sin democracia”, titula El País el editorial donde se habla de la urgencia de una transición a riesgo de eternizar la actual situación de normalidad tutelada por Trump y ejercida por el chavismo. Desde España sabemos lo que eso quiere decir. Aquí intentamos demoler nuestro proceso, llevado a cabo en 1978, a la vez que denostamos a las figuras de la oposición venezolana que ganaron unas elecciones cuyos resultados fueron ignorados por el régimen. Son cuestiones difíciles de valorar porque entran en juego las circunstancias ideológicas y las simpatías tienen poco que ver con que existan dictaduras o no.
Hoy la noticia es que Trump ha sufrido otro atentado y que la representación de Irán se ha ido de la reunión en Islamabad, Israel ha reanudado los bombardeos en el Líbano y se romperá la tregua y el alto el fuego. Por casa las cosas siguen igual. La prioridad nacional y los videos de Ketti que sirven para atacar al susanato, como incentivo de movilización electoral en Andalucía. Tout mélangé, mal que bien, para que nada cambie, al estilo del Gatopardo. Como decía san Ignacio, “en tiempos de desolación no hacer mudanza”. Sin embargo vivimos un momento donde se barruntan los cambios y esto es lo que provoca la desesperación de muchos.

El problema de perseguir la normalidad es que cada día tiene la suya, y es tan variante que se comporta como en la paradoja de Zenón: cuando Aquiles cree que ha llegado a la tortuga, esta está un poco más lejos, y así hasta nunca acabar. Llevamos demasiado rato con esta incertidumbre y el relato no acaba de imponerse, y la agenda va de un lado a otro, sin quedarse definitivamente en un lugar concreto donde nos garantice la tranquilidad. Todo lo que veo ya lo he visto, pero no porque sea viejo, sino porque los cambios son tan vertiginosos que cuando pensamos que acaba uno empieza a urdirse el siguiente, y así no hay quien viva.

A veces pienso que estoy ante un falso escenario, un retablo artificial donde se me presenta lo real de manera calculadamente ficticia. Debe haber otra vida más calmada que no está pendiente de estos precipicios que se abren continuamente ante nuestros ojos. Hay que tener una fuerte salud mental para resistirlo. Por un lado nos protegen con asistencia psicológica y por otro nos desquician poniéndonos al borde del caos cada día.

Ya solo veo Pasapalabra y me aburren las mesas plurales. Cuanto más plurales peor. Es un engaño presentar a la democracia como una opción para despellejarse en público, como si fuera el plató de Sálvame. Prefiero a los protagonistas aislados, cada uno en su papel. A Trump bailando, a Meloni avanzando con pie firme y sus ojos azules como el cielo, a Feijóo atropellándose con las palabras, a Abascal provocando que el pecho se le salga por la camisa, a María Corina dando besos a diestro y siniestro, a Sánchez descompuesto en una arenga a los suyos, a Xi sonriendo beatíficamente, como si nada fuera con él, y a Netanyahu protegido por un casco para que no le caigan los misiles cuando le falle el escudo. Pasar de esta realidad me haría dormir tranquilo.

En realidad lo hago cada noche, a pesar de los intentos de tenerme siempre en vilo, a los que me resisto como puedo, todavía sin pastillas.

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