Los obispos y la ultraderecha han sacado a relucir un enfrentamiento soterrado, cuyo caballo de batalla es la inmigración, en vísperas del viaje del papa. Esta semana, explosionó el conflicto por unas declaraciones del obispo de Las Palmas sobre la mortífera ruta atlántica.
León XIV había alertado a los prelados españoles, en el Vaticano, en noviembre pasado, de la animadversión de la ultraderecha hacia la Iglesia por su labor de acogida. Coincide esta crisis político-religiosa con el pacto del PP con Vox para combatir la migración con base a la llamada “prioridad nacional”, un principio que discrimina a los foráneos en las ayudas y prestaciones sociales, y que cuenta con el rechazo del Gobierno de Sánchez, que denuncia una operación para crear ciudadanos de “primera y segunda clase”.
El PP ha caído en las garras de Vox, pactó una cosa para atar Extremadura y Aragón, y luego se avergonzó de lo que había firmado. En su peor crisis interna, Abascal ha lanzado a sus huestes en parlamentos y ayuntamientos para hacer tragar a los de Feijóo la “prioridad nacional” hasta en la sopa, como un nuevo latiguillo electoral harto simplista. Al PP le disputa los votos patrióticos y a la Iglesia, los fieles, según una suerte de teología ultra.
Así ha surgido la lucha por el voto católico en un país con elecciones autonómicas, el 17 de mayo en Andalucía, y generales en 2027. Están cambiando los nichos a remolque de las últimas guerras y el hundimiento de Trump, que socava a la ultraderecha. Trump reza con los pastores evangélicos en el Despacho Oval y critica al papa por repudiar el bombardeo de Irán. Abascal, un trumpista obsecuente en busca de notoriedad, se abalanza contra Mazuelos y los obispos españoles, agitando frente a la curia a los católicos más carcas, en vísperas de la visita papal. A la par, Vox y PP combaten con uñas y dientes la regularización, que une a Sánchez y el papa, tanto como el no a la guerra.
El encuentro de Sánchez y León XIV en Madrid, dentro de tan solo unas semanas, no será un episodio pasajero en la esfera internacional; ambos son la doble némesis de Trump. El papa viaja a la única potencia europea de izquierdas, un país promigratorio en una Europa excluyente, y a unas islas con la ruta letal de pateras y cayucos, que se distingue por ser ejemplo de solidaridad. Cuando Juan Pablo II viajó cinco días a Cuba en 1998, el lema era “que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”. Tal como están las cosas, en las aguas trasatlánticas y en las derechas con respecto a Sánchez y la Iglesia, solo falta que venga Dios y lo vea. A propósito, Manuel Vázquez Montalbán tituló su libro sobre la visita de Wojtyla a Fidel, Y Dios entró en La Habana.
Si hay un momento decisivo en el pulso entre partidarios y enemigos de la inmigración, es este. Un momento que alcanzará su cénit en junio, con la presencia del papa inclinando esa balanza.
Para Canarias, es una cita con la historia que se fraguó en enero de 2024, en la audiencia del papa Francisco con Fernando Clavijo en el Vaticano, sobre la llegada de cayucos a El Hierro y la alta mortandad de la ruta atlántica. Ahora, León XIV hará realidad la visita frustrada en un momento envuelto en llamas por la guerra ideológica de los ultras con la Iglesia y la guerra santa de Trump en Oriente Medio.
En pocos meses, ha pasado de una discreción vaticana a la primera línea de fuego, y el que vendrá a estos feudos es el papa antibelicista de la gira por África, un enérgico defensor de la paz ante los “tiranos” y de los migrantes frente al odio racial y radical dentro y fuera de España.
Abascal se la tenía jurada a la Iglesia y desde que le falta Orbán luce acometidas de Trump desatado. Si el yanqui se mete con el papa, él, a su nivel, con la Iglesia española. Al obispo Mazuelos, de Las Palmas, lo acusa de “hacer negocio con la inmigración ilegal” y lo manda a “salir del palacio” a ver delinquiendo a los migrantes. Al portavoz de los obispos, Magán, también lo mete en el “negocio de la invasión”. El voto católico es pieza de caza mayor. En el PSOE, nos remite a José Bono, Francisco Vázquez, Ramón Jáuregui y Ángel Gabilondo (en Canarias, Eligio Hernández), amén de los cristianos socialistas. Pues ese espacio está en almoneda en la ultraderecha sedicente.
Como dijo Mazuelos en los Madriles, a más de uno “habría que meterlo en un cayuco cinco días en el Atlántico, sin comer, para que vea”. Esas palabras me recordaron a Manuel Domínguez, líder popular, vicepresidente del Gobierno canario, cuando reprendía a los suyos en la Península, en 2023, invitándolos a venir y “presenciar en qué condiciones llegan en las pateras antes de emplear determinadas expresiones”. Algunos compañeros de partido tachaban a los migrantes de “fardos” o “animales”. Domínguez les aclaraba también que “la inmigración no tiene ningún vínculo directo con la inseguridad”. Igualito que Feijóo.
