tribuna

El supuesto “vicioso ya” de los canarios

Ley universal es que todo lo que es pequeño o débil intente agrandarse para defenderse de lo que es superior o más grande que él, seguir existiendo o simplemente hacerse notar y que los demás no se olviden de que también él forma parte del mundo. Así, los niños pequeños se agrandan con el llanto o con la pataleta, para que sus padres los atiendan y les den de comer o para que los liberen de los males que les acontecen de cuando en cuando. Los sufridos currantes se agrandan en las manifestaciones y huelgas, para que los patronos o el Estado les suban el jornal, aunque sea una semejanza, y poder llegar así a fin de mes. Los náufragos se agradan con bengalas, hogueras o lo que sea, para que las almas caritativas del mar los auxilien y los rescaten de las garras de los abismos o las soledades oceánicas. Los pueblos se hacen más grandes o más poderosos armándose hasta los dientes, para invadir a los vecinos y extenderse a sus expensas o para evitar que estos los invadan y se extiendan a expensas de ellos. Los hablantes agrandan el alcance de las palabras, que suele ser muy limitado en el discurso normal, natural o primario, usando el teléfono, el telégrafo, el altavoz o el silbo, como hacen en La Gomera, en el turco Kuskoy, en la griega Eubea o en la mexicana Sierra Madre, por ejemplo. Y las palabras raquíticas agrandan su presencia, para no perderse entre las más poderosas y que el oyente no se olvide de ellas a la hora de procesar el mensaje.

Este agrandamiento de las palabras raquíticas suele suceder de tres formas distintas. La primera forma que tienen las palabras raquíticas de agrandarse es incrementar la extensión de su significante con nuevas sílabas, generalmente, a través de incrementos gramaticales. Es el caso de las desmedradas formas latinas cor, cordis ‘corazón’, ilex, ilicis ‘encina, anethum, anethi ‘eneldo’, spes, spei ‘esperanza’, auris, auris ‘oreja’ o genu, genus ‘rodilla’, por ejemplo, que en el latín vulgar español se convirtieron en corationem, ilicinam, anethalum, sperantiam, auriculam y geniculum respectivamente, y que andando el tiempo devinieron en las voces castellanas corazón, longaniza, encina, eneldo, esperanza, oreja e hinojo. La segunda es alargar la duración de las vocales que portan, que son los únicos fonemas que admiten prolongación a voluntad, como cuando decimos “¡Chaaaacho, mira a ver!”, “¡Eeeh, tranquilo!” o “¡Qué bueeeno está esto!” para reforzar el significado de las palabras “chacho” (hipocorístico de “muchacho”), “tranquilo” y “bueno”, respectivamente, y llamar así la atención del interlocutor sobre ellas. Y la segunda forma que tienen las palabras de agrandarse es repetirse en el texto, ora de forma continua, ora de forma discontinua. Es el caso de los pronombres acusativos (me, te, nos, os…) y nominativas (yo, tú, nosotros, vosotros…) de primera y segunda persona, que suelen reiterarse en los textos para enfatizar su significación (v. gr., “Vete a acostarte”, “Vétete para tu casa”, “Nosotros nos quedamos en casa”), el caso de cualquier signo léxico que queremos enfatizar, como vemos en expresiones como “El pastor huye, huye, huye…” o “Tonto, que tonto, que tonto…”, o el de los formalmente raquíticos adverbios españoles ya y no, que con tanta frecuencia suelen aparecer repetidos al principio y al final de las frases para que los oyentes no se olviden de ellos a la hora de procesar el mensaje: “Ya lo sabes ya”, “Ya se casó ya”, “Él ya no se acuerda tampoco ya”, “No trabajes, no, que te vas a quebrar” se oye por aquí y por allá en el español popular de Canarias y de América. En las frases “Ya se casó” y “No trabajes, que te vas a quebrar”, por ejemplo, el escaso cuerpo fonético de las formas ya y no comprometen hasta tal punto su toma de consideración por parte del oyente, que el único recurso que le queda al hablante para conjurar este peligro es repetírselas al final de la frase.

Queda claro, por tanto, que la repetición de los adverbios ya y no de los isleños y de otros usuarios del idioma no constituye ninguna anomalía, vicio gramatical o préstamo de una lengua extranjera, como suelen decir determinados lingüistas y aficionados a las cosas del lenguaje, sino un recurso del hablante para, mediante la repetición, llamar la atención sobre su presencia y recordarle al oyente que tiene que tenerlos en cuenta a la hora de procesar el mensaje que se le transmite. Como decía Baruch Spinoza en su Ética, todo lo que es persevera en ser, y las palabras no podían ser menos.

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