por quÉ no me callo

¿Y si Cuba dice “no, gracias”?

Es el turno de Cuba, en un centenario de Fidel en ascuas. Después de Irán va detrás. Ese fue el aviso gansteril de Trump, el viernes, en Florida, haciendo de su capa un sayo. Ahora les toca a los cubanos la invasión, el bombardeo o el secuestro exprés de Díaz-Canel rumbo a la ciudad de los rascacielos.

En Canción del elegido, un ser de otro mundo va “de planeta en planeta buscando agua potable, quizá buscando la vida o buscando la muerte, eso nunca se sabe”. Silvio no daba puntada sin hilo. Ahora es la canción de una isla dando tumbos.

Trump es el primer dictador plurinacional, cuyos dominios no se limitan al país que le soporta y que él deporta, sino que abarca el curso de la Vía Láctea, como en esa canción. Saltó de América a Europa con la codicia por Groenlandia, ahora retira tropas de Alemania por pura venganza y ve en Cuba “tierras hermosas”, como un ladrón de paisajes, como en Gaza, ávido de resorts y rivieras.

Desde hace meses, oleadas de drones y maniobras militares avisan al siguiente en la lista cuando acabe Irán. Lo de hacer un Venezuela en Cuba es un capricho del secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano. Los ministros de Trump son gentes con filias y fobias personales. El tal Pete Hegseth, secretario de Defensa/Guerra, luce tatuajes de cruzadas medievales bajo la camisa y confunde un monólogo de Tarantino con un texto bíblico durante una oración en el Pentágono. Por eso ninguno ve demencias en Trump. Todos son por el estilo. Y Trump se permite requerir que los presidentes y vicepresidentes se hagan una prueba cognitiva, como él, que, según dice, se ha hecho tres, sin noticias oficiales del resultado.

Lo de Cuba, con sanciones redobladas, pertenece al negociado de Rubio, que parecía estar en tratos con Raúl Guillermo, El Cangrejo, el nieto guardaespaldas de Raúl Castro, de 94 años. Diez millones de habitantes padecen hambre y apagones, como cobayas de un sadoimperialismo que está del tingo al tango, del infinito Irán a la pequeña Cuba, por el placer de castrar al castrismo. Cuba no tiene petróleo, carece de minerales para un saqueador de gobiernos que este fin de semana se jactaba de actuar como un pirata asaltando barcos en las afueras de Ormuz. Trump ha entrado en barrena, pero, como sigue en pie por inercia, se cree el terrateniente del mundo.

Los cubanos tienen paredes pintadas en La Habana con el lema Patria o muerte, ¡venceremos! y llevan casi 70 años -se cumplen en 2029- echándole un pulso al imperio, es la Cuba del niño Elián, el náufrago legendario que volvió a la isla como símbolo con cinco años y que ahora es ingeniero y es papá. Fidel hizo migas con Clinton, y Obama abrió la espita a una normalización de las relaciones cuando Raúl presidía tras la suceder al Comandante. Pero llegó Trump y mandó parar. Como hizo con el acuerdo nuclear de Obama con los iraníes. Todo lo que toca Trump se va al garete. Es el presidente manirroto por antonomasia. Tiró abajo el Ala Este de la Casa Blanca para hacer un salón de baile, y un juez le paró la obra. Así le va.

Cuba conserva la membrana canaria en Cabaiguán, Matanzas, Camagüey, Pinar del Río, La Habana y en toda su extensión agrícola y tabaquera. Pero no la hemos socorrido cuando más lo necesita, sin petróleo, sin comida y sin medicamentos. Eso no habla bien de nosotros.
La asignatura pendiente de reconquistar Cuba la heredaban todos los presidentes yanquis, que desde Kennedy habían intentado invadirla (Bahía de Cochinos, 1961), cuando no quitar de en medio a Fidel mediante la intemerata de atentados fallidos de la CIA. Y Trump quiere ser el más listo de la clase, con el mismo síndrome que en Irán, la guerra tentadora a la que ningún predecesor se había atrevido a hincarle el diente. Donde meter la pata hasta el corvejón y hacernos pagar la factura a los demás con una crisis que será la crisis de Trump, dado el apetito a nombrarse en todo.

No vaya a ser que en Cuba le salga el tiro por la culata como en Irán. Cuba, que ha de enmendar los pecados de la Revolución y la represión, es hueso duro de roer. Trump anda diciendo a un público que le ríe las gracias que pondrá el portaaviones Abraham Lincoln frente al Malecón y que los cubanos le dirán: “Muchas gracias, ¡nos rendimos!”.

Lo cual no me encaja con “Patria o muerte, ¡venceremos!”, ni con gente como Silvio Rodríguez, que pidió un fusil Kalashnikov para defender la isla, que en agosto quiere celebrar el siglo del nacimiento de Fidel Castro, el muerto que sigue vivo y joven por inteligencia artificial en una pantalla interactiva de La Habana, donde la gente -y el propio Díaz -Canel- se hace selfis a su lado mientras se oye el hilo de voz del Comandante que dice “hola, compatriota”, y añade: “Hasta la victoria, siempre”. A ver a quién absuelve esta vez la historia.

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