Más de uno se preguntará en qué mundo vive el papa, que nos viene caído del cielo. Desde que puso un pie en España recrea un escenario que dábamos por perdido. El de la reconciliación y la solidaridad.
Se ha subido a los estrados y ha dicho verdades como puños sin importarle llevar la contraria a buena parte de su auditorio. El papa es el niño de la fábula de Anderson, que grita que el emperador “va desnudo”. Nunca se lo agradeceremos lo suficiente.
En su intervención más esperada, el denominado discurso histórico ante las dos cámaras en el Congreso, León XIV no defraudó ayer, fiel a su duelo personal contra el odio de las palabras, el desprecio al migrante, la descarnada IA y el uso de la fuerza. Asistir a un mitin del papa (permítaseme la licencia) no solo reconforta a aquella parte de la ciudadanía desencantada con las aberraciones de Trump y su inaudito proselitismo, sino que nos secuestra y nos mete en el bolsillo como en un cuento de hadas. Vas y escuchas al papa y llegas a creerte que la distopía es cosa superada, que la especie humana ha recuperado la decencia y que vuelve a ser posible soñar con vivir en paz. Pero es el efecto Prevost, el encantador de serpientes, el papa que no tiene papas en la boca. Un personaje real que parece de otro mundo.
El discurso, sin duda, ha sido histórico, en un hemiciclo abarrotado de diputados y senadores, que durante media hora se reconciliaron con la idea de coexistir sin insultarse. Allí estaban los Abascal y Feijóo, y los Sánchez y Rufián, y estaban Cayetana Álvarez de Toledo y Rocío de Meer, que es la representante de Vox que participó el otro día en una cumbre supremacista en Portugal en defensa de europeos étnicamente blancos. Y aplaudían a rabiar -quizá, nunca mejor dicho- al papa, humanamente, todos convertidos al amor universal, como si estuvieran codo con codo en el tema más candente: la inmigración.
Cuando El Hierro estaba encayucado, aún vivo el papa Francisco, la islita de Padrón Machín era todo un símbolo europeo de solidaridad con el migrante africano. Ese es el origen, como saben, de esta gira del sucesor de Francisco, que llegó a programar la visita. El papa León XIV vuela el jueves a Canarias, donde tiene ancestros, que es también un viaje al fin del mundo, como hiciera Francisco a Mongolia, objeto del libro de Javier Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo. A Francisco se le podía llamar así por su arrojo político. Creo que León XIV es, en el mismo sentido, el loco más sano del mundo, que no ha dudado en enfrentarse a Donald Trump, cuya locura no se le asemeja. En tiempos, estas islas fueron consideradas el fin del mundo, el extremo de la ecúmene del oeste, hasta que Colón zarpó de La Gomera y llevó la cinta métrica hasta América.
Ahora estamos conociendo a un papa, que solo lleva un año, y está removiendo las conciencias. Ayer, en su speach parlamentario, pidió “desarmar el lenguaje”, cuidar las palabras que se emplean, para no hablar al otro a quemarropa. Y así parecía invocar el paraíso en el mismísimo infierno de las broncas políticas incendiarias de los miércoles de control al Gobierno. Al papa no se le olvidó disentir del aborto y la eutanasia (tampoco dejó de abordar la pederastia con los obispos, como una “plaga” cuyas víctimas merecen “sanación”). Y abrió su caja de Pandora con todo el repertorio de condenas de los males de este mundo. Sacó a relucir las guerras, el rearme y el “trágico drama migratorio” que discurre por los cauces más peligrosos.
A un canario eso no le suena a chino. Es parte de nuestra condición insular, de frontera sur de Europa. No son alardes de pueblo hospitalario en términos civilizatorios. La Ruta Atlántica es de las más letales, y Canarias es un caravasar que todo el mundo reconoce. Pero me temo que un día se va a quedar sola de nuevo.
El papa les recordó a sus señorías que los cayucos no traen mercancías, sino personas. Que hay que brindarles una “acogida respetuosa” en honor a la “igual dignidad de todos los seres humanos”, y que las fronteras no son “lugares de abandono”.
Escuchar las verdades del barquero en boca del papa suena familiar en Canarias, que fue tierra de emigrantes y ahora es tierra de inmigración. Durante un año sufrimos aquel veto inveterado del PP y Vox, decididos a que los menores africanos no acompañados permanecieran aquí confinados, porque no eran bien recibidos en la Península y Baleares.
Hay actuaciones propias del género humano que son, a juicio del papa, universales, concernientes al totus orbis (todo el orbe) y al derecho de gentes, conceptos que datan de hace quinientos años, del pensamiento de la Escuela de Salamanca, que citó. Pero en España hoy todo eso se reduce a munición en las guerras diarias de poca monta.
