España es un país de indóciles con la democracia. Nunca fue cuna de la libertad como Francia. El arraigo del franquismo es tal que el alcalde de Santa Cruz sugiere guardar en un depósito el monumento a Franco y la pregunta es cuánto tardará en ser repuesto con el consiguiente desagravio al dictador.
Con algunos símbolos no se admite el más mínimo pero. A Nieves Concostrina no le perdonan que haya dicho que la bandera carece de gesta y fue creada para que no se confundieran los barcos españoles con otras armadas. Se le han echado encima.
Siempre hubo dos Españas y media, las que se llevaban bipolarmente mal y la que no se conllevaba con las dos en Cataluña y Euskadi. La famosa conllevanza de Ortega y Gasset. Ahora la que está de moda es la ultramontana. No sabría ponerle nombre a lo que viene en camino, pero es algo simultáneo en Italia, Alemania y España. Aunque tiene connotaciones muy españolas, de feudo y Pirineos. Y forma parte del error de habernos creído que la democracia era algo sagrado para toda la vida. Cuando apenas si la ONU todavía existe, la OTAN es un huevo sin yema y la UE acaba de entrar en barrena en una sesión del Parlamento Europeo de cuerpo presente aprobando deportaciones masivas en terceros países al más puro racismo trumpista.
“Ay, España, camisa blanca de mi esperanza”, cantaba Ana Belén adaptando un famoso verso de Blas de Otero. En la canción se nos pregunta: “¿Quién puso el desasosiego en nuestras entrañas?”. Hay un clima de crispación creciente ahora mismo en España, que agita a todas las instituciones, si bien a unas más que a otras.
En EE.UU., aquel asalto al Capitolio generó el caldo de cultivo y la vuelta de Trump, pero los excesos del trumpismo, por suerte, han provocado manifestaciones No Kings de millones de seguidores del senador demócrata Bernie Sanders, que tiene 84 años, y todo me recuerda a aquellos indignados españoles de 2011, que se movilizaban al calor del impacto de un librito de 32 páginas, del nonagenario Stéphane Hessel, el héroe de la Resistencia francesa que había sobrevivido al campo de Buchenwald. Quizá está haciendo falta que alguien escriba ahora otro opúsculo por el estilo con la que está cayendo.
La polarización española ha subido un escalón. Es como si el Congreso fuera un viejo teatro de operaciones, donde se debate a grito pelado, o sea, una guerra convencional, en la que todos salen por la puerta y vuelven a entrar el miércoles siguiente. Mientras en los tribunales se estuviera produciendo un bombardeo selectivo infinitamente más devastador. La vibrante vida judicial española, volcada en casos políticos de gran calado, atrae todos los focos y no hay día que dé tregua. A tal punto, que el Poder Judicial desplaza al Congreso en protagonismo.
Desde el pasado sábado se habla y discute sobre el sonado auto del juez Peinado, que envía a juicio a Begoña Gómez y le retira el pasaporte por riesgo de fuga, aclarando que no se fía de la policía que la escolta, porque sospecha que podría ayudarla a escapar. Por decir esto, el Consejo General del Poder Judicial le abrió ayer expediente, no sin dificultad: con tres votos progresistas a favor y cuatro conservadores en contra, gracias al voto de calidad de la presidenta. Ahí es nada.
Es posible que, dentro de un tiempo, alguien se pregunte (como hacía Vargas Llosa sobre Perú en Conversación en La Catedral) en qué momento se ha jodido España. Y la respuesta sea que ese momento haya sido, probablemente, ahora.
Cuanto está ocurriendo puede no alarmar a unos y a otros sí, pero no deja de sorprender que un juez haya citado a la esposa del presidente para retirarle el pasaporte mañana (un miércoles de sesión de control al Gobierno en el Congreso), en tanto leo la noticia de que un ciudadano que ha asesinado a tres personas en este país y ha sido condenado a 27 años de cárcel permanece en libertad, según el juez, “hasta que la sentencia sea firme”.
La intensa crónica política española, devenida en crónica de tribunales, conocía ayer el siguiente capítulo de esta traca fin de ciclo, sobre la condena del Supremo de 24 años de prisión para Ábalos y 19 años para Koldo, con la feliz noticia para Aldama, el jefe de la trama y corruptor mayor del caso de las mascarillas, que no tendrá que pisar la prisión, como premio por haber colaborado con la Justicia, ni tampoco deberá devolver 3,7 millones de euros con que se le quería multar. La expresión irse de rositas no es que venga al pelo. Es que cobra todo su esplendor en un caso tan gráfico como este.
La sentencia de Jorge Fernández, el exministro del Interior del PP, presunto cabecilla del escandaloso caso Kitchen, sospecho que será muy comentada cuando se conozca a finales de este año. Ayer, como si esta y otras causas de su partido no fueran con él, vi comparecer a Feijóo por enésima vez para pedir elecciones. Es todo un clásico. Y me pareció una simple redundancia de un hombre triste.
