Ahora que se ha ido el papa, no sin problemas con el avión, después de respaldar la solidaridad de los canarios, atendiendo a miles de menores migrantes, y censurando la mirada evitativa de muchos países y comunidades, que, por mucho que se arrodillen, no demuestran ser cristianos, queda la Catedral de los recuerdos de nuestra canariedad.
Esta es la primera estampa de esa identidad-olores, juegos, sabores, paisajes y voces familiares-, según los múltiples recuerdos de la infancia de unas cincuenta personas de todas las Islas, con los que se reviven las raíces frescas de la identidad canaria.
Los recuerdos de la infancia son vapores tibios que nos embelesan y nos devuelven al punto donde nos acunan la inocencia y la emoción primera. Esos destellos sensoriales son los verdaderos leños que alimentan el fuego íntimo de la canariedad.
Afinar la memoria colectiva es como templar una orquesta: cada instrumento aporta un matiz que, al unirse, revela la melodía de un pueblo. En la costa del barrio de La Rambla, en una tarde que refresca, Adolfo y Tere vuelven al pasado:
-Las olas me recuerdan las lanchas de cacharros en los charcos del Muelle o del Río -dice Adolfo, con nostalgia-, mientras mi madre lavaba en el lavadero público.
-Y yo -rememora Tere- recuerdo las hojas del limonero, y vuelvo a estar con mis primas, haciendo calados con las espinas, creyéndonos artistas.
En ese diálogo, los niños que fueron se asoman a los adultos que ahora son, como si la memoria tejiera una historieta eterna de canariedad.
El viaje de los sentidos: la guagua, el gofio y otros aromas
En una guagua escolar de Las Palmas, el pequeño Josemi cabecea vencido por el madrugón. De pronto, un aroma denso invade el vehículo: gofio tostado escapando de un molino cercano.
-¡Chacho, despierta! -le dice un compañero-. Ya estamos llegando.
Josemi abre los ojos, envuelto en ese perfume que se le queda grabado como el primer abrazo del día.
El olfato, por su conexión directa con el sistema límbico, es el sentido más emocional del ser humano. Por eso, en tantos testimonios de canariedad, el olor a gofio aparece como un hilo común. Es más que un aroma. Desde Agulo, en La Gomera, lo enaltece Rayco con orgullo.
Sin duda, es una contraseña de la memoria emocional que recuerda que las personas pertenecemos al hogar común, en este caso, del pueblo canario.
David, que se ve perdido con la identidad, rememora, en cambio, “el gofio con aceite y azúcar que hacía mi tío en Lanzarote”. Desde allí, también Carmen revive el olor a gofio tostándose “al ir a casa de mis tías, al lado de la Molina de Don José María Gil (el folklorista)”. Y cuando se comenta de un terreno de los “mahos”, le pregunta a su madre:
-¡Maa! ¿quiénes eran los mahos?
-La gente de antes, hija -le contestó, refiriéndose a los guanches de la isla.
Ricardo, desde Santa Cruz de Tenerife, se queda pensativo recordando a su abuelo, dando forma a la pella de gofio, mientras lo saboreábamos él presumía del chorrito de miel y la onza de queso que le había agregado. Marisa, desde Buenavista, se deleita con los higos picos, las peras y las ciruelas: “Comer debajo del árbol era un placer de dioses”.
En La Rambla, el único lugar de Canarias donde se cultiva y elabora el polvo de aro -remedio gastrointestinal extraído de un tubérculo-, J. Vicente recuerda de niño su compleja elaboración.
Orillas mágicas y la despensa del afecto
En Las Aguas, otra parte de la costa ramblera, la libertad se escribe con pies descalzos sobre el callao. La pequeña Toña corre con su hermano Alfonso hacia los charcos debajo de su casa, donde uno de ellos lleva el nombre de su abuela. “Recuerdo la caña de pescar hecha por mi padre, con un hilo y un alfiler doblado como mosquita, y también me ilusionaba la cometa que me hizo”. La infancia convertida en rito.
En Santa Cruz, en la Cuesta de Piedra, Juan Carlos saboreaba la merienda de su abuela Concha con plátanos escachados, galletas María, un toque de azúcar y todo polvoreado de gofio. Aquello le sabía a gloria. También, los veranos en la Costa del Silencio, que comenzaban con el aroma del café o el olor a monte húmedo en Las Lagunetas (en La Esperanza).
El olor a café es otra constante, como recuerda desde Geneto Dani: “Aquellas mañanas en las que nos reuníamos, mi abuela, mis tíos y tías, y todos nosotros para tomar el buchito de café”.
En Arico, a las 6 de la mañana, recuerda M.ª José, “en la cama aún, mi abuela y su vecina se reunían antes del amanecer a beber el buchito de café con una gota de licor”.
Neli, desde La Laguna, exclama: “Me encantaba relamer el mortero donde mi abuela machacaba la almendra y el azúcar” -palmera, sin duda-. Y evoca las meriendas de leche en polvo que se pegaba al paladar, los asaderos familiares en el monte, las piñas, la pinocha y las casitas improvisadas entre los pinos.
Desde La Palma, Antonio se asombra de renunciar a la leche de vaca de su casa, con tal de poder tomar la leche en polvo, que, como ayuda americana o de Cáritas, se propiciaba a los niños en la escuela. Yo también, como maestro en Tejina, la preparaba a los 60 escolares de 6 años que enseñaba a leer y escribir.
Si habláramos de comida, son muchas las referencias. J.M. Espinel, de El Hierro, recuerda: “El potaje de barasa de mi madre, las ensaladas de áytes con tomates de mi padre… Las papas floreadas con salsa de burgados o las truchas de almendras, batata y limón, receta de mi bisabuela”…
El pequeño Félix, en La Palma, siente el cariño, la ida a la playa; la magia de enterrarse en la arena negra hasta el pescuezo; el olor a monte, como bálsamo sagrado y el respeto por los antepasados.
La psicología del arraigo
En todas estas escenas, la comida deja de ser sustento para convertirse en vehículo de afecto. Las figuras de apego -madres, padres, abuelas- son las primeras arquitectas de la seguridad emocional. Cuando un niño pesca con un alfiler, escacha un plátano o se entierra en la arena, está aprendiendo que el mundo es seguro porque quienes ama lo validan.
Así, el paisaje -el mar, el charco, el monte, la arena negra- se convierte en un espacio emocionalmente habitado. La identidad nace ahí: en la mezcla de territorio, afecto y memoria sensorial.
La catedral de la memoria canaria no se construye con piedras, sino con aromas, texturas, voces y rituales cotidianos. Cada recuerdo es una columna que sostiene el sentimiento de pertenencia. El papa León XIV reconoció a los canarios como un pueblo “sin fronteras”. Destacó la Canariedad como un vivo ejemplo de fraternidad, misericordia y acogida, instando a transformar esta actitud en acciones concretas y recordando que la caridad cristiana exige rechazar la indiferencia ante el sufrimiento humano. Solo me surge la pregunta: “Ama a los demás como a ti mismo”, ¿no exige también amarse a sí mismo como persona o como pueblo?
