después del paréntesis

Mujeres

Cuando en el año 2021 los talibanes se hicieron con el poder en Afganistán montaron para el gobierno todos los impúdicos fundamentalismos que dictan. Así, la imposición religiosa de las acciones políticas, el tapar los cuerpos de las mujeres o hacer desaparecer la enseñanza para las niñas porque no necesitan aprender, ni distinguirse por una carrera o empleo consecuente para confirmar su emancipación. Hace unos días las chicas dieron un paso al frente en Herat, para que los susodichos respondieran. Y lo hicieron. No solo llenaron las calles de policías que no se privaron de disparar con sus fusiles sino que, otra vez, sembraron el miedo en la ciudad. Un fin: el susodicho sometimiento de las muchachas que protestaban. El asunto que plantean los caros patriotas y mejores musulmanes es por qué se niegan las jóvenes a llevar burka. El burka es un símbolo. Señala, por un lado, lo que delimita la ausencia de libertad, es decir, la presión retrógrada de los poderosos que controlan el poder con la fuerza de las armas y, por otro lado, confirma la señal que sostiene ese apéndice del vestido. En efecto, lo que resiste esa parte de la ropa de las chicas árabes es que la mujer desaparece en imagen de este mundo; no solo deja de ser admirada por lo que es sino que se borra la contemplación. Lo que imponen los machos para el caso es el tapado, el no dejar ver. Lo cual lleva a proponer los efectos de esa desmesura: las mujeres son una propiedad particular con mirador único en la habitación privada de la juntura, de eso que se llama matrimonio. La cosa que señalan esos machos es que fulanita de tal no se comparte, porque no es suya, tiene o tendrá dueño. Y eso es lo que arrima a la discordia la cantidad de normas que los talibanes imponen a esa parte de su pueblo. ¿Por qué? Por lo que, en verdad, esos sujetos temen de las mujeres, la capacidad de elegir, la capacidad de poner a cada hombre en su sitio. Y eso el fundamentalismo y el machismo árabe no se lo permite. Para el caso siempre se recuerda a aquel rey que dio origen a “Las mil y una noches”. Al inicio del viaje al reino de su hermano, debe volver a casa por un olvido. Y sucedió: encontró en la cama a su esposa en faena sexual con otro hombre. El destino de la mujer fue manifiesto. Y el del rey: jamás volver a la rueda del amor, encontrar a la muchacha oportuna, fornicar y matar. Hasta llegar a la divina Scherezada, que sobrevivió interrumpiendo en el clímax el cuento que cada noche le contaba a su raptor. ¿La ficción salvará a estas mujeres, los cuentos que inventen es lo que las liberará? ¿O lo hará el hecho de poner el pecho frente a los fusiles en sus rebeliones? Esas son preguntas que nunca los hombres nos contestamos.

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