Hace unos días estaba tomando un café mientras me ponía al día con las noticias de la mañana. Cuando acabé tenía más información que una hora antes, pero también la impresión de que cada vez nos cuesta más escucharnos unos a otros. No sé si te ocurre, pero cada vez me sorprende más el tono con el que nos relacionamos. Parece que vivimos instalados en una discusión permanente. Da igual el asunto. Siempre hay alguien dispuesto a demostrar que tiene razón y alguien empeñado en convencer al resto de que el adversario está equivocado. Y no hablo solo de la política. Ojalá fuera tan sencillo. Lo vemos en las redes sociales, en los medios de comunicación y, a veces, también en nuestras conversaciones cotidianas. Como si hubiéramos asumido que discrepar significa enfrentarse. Como si para defender una idea fuera necesario desacreditar la contraria. Como si escuchar al otro implicara renunciar a nuestras propias convicciones. Lo que más me sorprende no es que existan opiniones distintas. Me sorprende la rapidez con la que opinamos de todo. A veces parece que hemos confundido tener una opinión con tener razón. Como si bastara un titular, una declaración o un vídeo de unos segundos para convertirnos en expertos en cualquier asunto. No sé en qué momento dejamos de sentirnos cómodos diciendo no lo sé. Parece que siempre tenemos que posicionarnos, elegir un bando y defenderlo hasta el final. Y, sin embargo, algunas de las personas más sensatas que he conocido tenían precisamente esa capacidad de reconocer que no lo sabían todo. Cuando miro a mi alrededor, descubro una realidad bastante diferente de la que reflejan muchos titulares. La inmensa mayoría de las personas se levanta cada mañana para trabajar, cuidar de su familia, sacar adelante sus responsabilidades y ayudar a quienes tiene cerca cuando surge la ocasión. La vida real transcurre lejos de los focos. Está en las casas, en los barrios, en los lugares de trabajo, en los cafés y en esas pequeñas conversaciones que hacen más llevaderos los días. Por eso me cuesta entender que dediquemos tanta energía a aquello que nos separa y tan poca a aquello que todavía somos capaces de construir juntos. A veces tengo la sensación de que nos están empujando a vivir en una competición permanente. Competimos por tener razón, por imponer nuestro punto de vista, por demostrar que sabemos más o que estamos mejor informados. Y, sin darnos cuenta, terminamos trasladando esa misma lógica a espacios donde nunca debió entrar. No podemos resolver todos los problemas del mundo. Tampoco cambiar aquello que escapa a nuestro alcance. Pero sí podemos decidir cómo tratamos a quienes nos rodean. Podemos escuchar más y etiquetar menos. Podemos intentar comprender antes de juzgar. Podemos aportar serenidad en lugar de añadir más ruido. Porque las sociedades no las construyen los titulares. Las construimos las personas cada día, con nuestra forma de hablar, de actuar y de relacionarnos con los demás. Le escuché a Antonio Banderas citar una frase de San Agustín que se me quedó rondando la cabeza: “Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo”. Tiene más razón de la que parece. A veces esperamos que cambien los demás, que cambien las instituciones o que cambie el mundo. Y olvidamos que una parte de ese cambio también depende de nosotros. Porque, al final, nosotros somos el tiempo.
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