Anoche vi A propósito de Henry, en la 2. Ya la había visto, pero me quedé hasta el final para volver a vivir la historia. Un abogado bastante egoísta pierde la memoria al recibir un disparo. Aprende a hablar, a leer y a reconstruir su vida anterior. Se da cuenta de los errores en que basó su existencia y decide emprender una vida diferente en compañía de su familia, que estaba a punto de destruirse completamente. Es la constante de nuestra forma cotidiana que tenemos para relacionarnos con lo que nos rodea y con nosotros mismos. Somos seres dobles, divididos entre el bien y el mal, como los espíritus divinos que generaron la rebelión en el cielo antes de que Dios creara al mundo, o como el doctor Jeckill y su contrario, míster Hyde, que reúnen esa condición en la misma persona, o como el vizconde demediado de Ítalo Calvino, partido a la mitad por un eje que deja al descubierto dónde se encuentra su lado malo, separado de su lado bueno.
En esa lucha nos debatimos individualmente, exigiéndonos reparos de rectificación para sentirnos mejores, pero siempre sucumbimos en un enfrentamiento donde hay que permanecer muy atentos para no desviarnos de la senda del equilibrio. Las religiones intimistas persiguen lo mismo, y los comportamientos ideológicos, aparentemente también. Sin embargo, estas actitudes, trasladadas al grupo, cuando se convierten en políticamente correctas, se transforman en un peligro social que amenaza con desatar el conflicto entre unos y otros. La tendencia natural del ser humano es la bondad, la solidaridad, la comprensión, la tolerancia y la igualdad, pero estas virtudes quedan fuera de lugar cuando el grupo las asume como reivindicación y exigencia para el comportamiento de los otros. El problema siempre es que existen los otros, y esos otros acaban provocando a otros que son a su vez los otros, enfrentados a otros. Me viene a la memoria Nicolás Guillén: “No sé por qué piensas tú, soldado que te odio yo, si somos la misma cosa, tú y yo”.
Algunas veces, de modo excepcional, los grupos se aperciben de esta situación y se deciden a ponerle fin para garantizar su supervivencia, pero eso no dura mucho porque una necesidad instintiva les obliga a volver a comportarse de una manera intransigente. En España vivimos una reconciliación como si fuera un milagro, y presumimos de que asombramos al mundo con ello. Al cabo del tiempo el modelo se agotó y volvimos a dejarnos llevar por las pasiones de toda la vida. Una cosa provocó la otra y las respuestas no se hicieron esperar despertando las viejas cuentas pendientes en todas las manifestaciones en que lo habían hecho 40 años atrás. Esa parece ser una cifra fatídica, pues es lo que se tarda en olvidar los viejos propósitos para reinstaurar aquello que nos condujo al desastre. No hay un solo culpable de esta situación. Todos comparten su dosis de responsabilidad. Son los hunos y los hotros de los que hablaba Unamuno. Pero Unamuno no sirve para nada. Nadie está dispuesto a hacerle caso.
La condición humana es alternante e inevitable y, de vez en cuando, le toca presentarse con su cara más áspera. Entonces hay que combatirla, como hacen los bomberos forestales con los incendios, o prevenir durante todo el tiempo para que la catástrofe no nos sorprenda de nuevo. Estamos pasando un mal momento y lo peor es que con ello creemos que conquistamos la normalidad. ¡Qué gran engaño! Lo que agrava la situación, de forma novedosa, es que delegamos nuestras potencias a los algoritmos, a la Inteligencia Artificial y a la batalla cultural por las ideas que tiene a tantos enfrascados en el convencimiento estúpido de su superioridad y su exclusividad.

