El verano es un paréntesis en el tiempo, lo cual le viene mal al PP en plena ofensiva para un adelanto electoral. La cúpula de calor enerva los ánimos, recalienta los bulos y afloran instintos perturbadores.
Los 40 grados en Europa son el más elocuente desmentido del negacionismo climático. En Francia, tras una avalancha de muertos por calor, creen que en España convivimos mejor con el sofoco y nos piden consejo, pero un dogma ultraconservador amenaza tomar las riendas de este país, hacer caso omiso al fenómeno y convertir el verano en una estación suicida. Alemania ha visto derretirse las vías de los tranvías en Leipzig. Este verano es un grito de Munch de la naturaleza sobre un fondo de cielo rojo sangriento que describe el intenso bochorno. Un sentimiento de ira social recorre el continente.
Pero ya digo que la España que viene es un país que pasa. En Andalucía, Vox critica el “fanatismo climático” y entra en el Gobierno de Juanma Moreno Bonilla (PP), ya cautivo, con el freno puesto al Pacto Verde Europeo y las políticas ambientales, sin una gota de sudor. PP y Vox, la alternativa, viven en otro planeta. Y sus ideales ardientes lo reflejan.
Somos un país adulto democráticamente, que en 2027 cumplirá cincuenta años con elecciones libres. Pero el clima político está al rojo vivo. Y hemos entrado en una dinámica de imputados cotidianos, como en una traca final. Quizá no se esté midiendo que pueda volverse en contra. Como tampoco es normal que cueste estar al día en los medios sobre el juicio de la operación Kitchen, que debería ser un caso de interés periodístico nacional, no siendo una trama de corrupción al uso, sino un Watergate (a lo Torrente) montado por un Estado, por un Gobierno (de Rajoy), que pone los pelos de punta.
Y pasan desapercibidas algunas sentencias, como la amable condena a dos años y medio de cárcel a Franscisco Granados, el influyente consejero de la era Esperanza Aguirre en Madrid, culpable en el caso Púnica como “facilitador” de un sistema organizado de amaños y adjudicación de contratos. No crean que es fácil hacer el seguimiento, en estas fechas fachas, de los juicios de corrupción del PP que se celebran bajo un bosque de noticias sobre el entorno de Sánchez.
En cambio, sobresalen en los medios algunos insultos a la inteligencia como la inviolabilidad de Vito Quiles, flamante fichaje del bestiario de Tellado, que se mofa de la justicia y la policía por pretender detenerle creyéndose un intocable. O las alarmas de Feijóo y Vox por la ley de nietos contra un Sánchez imaginario repartidor de nacionalidades de descendientes de exiliados y emigrantes para dar un pucherazo electoral. Esa clase de ridículos del gallego cuando se le desinflan los globos, pues los pasaportes tardarán una década y -craso olvido- el propio Feijóo los pedía desde hace veinte años en giras por América. Es que España cuando se pone carpetovetónica pierde la memoria.
Hasta Meloni, en esa onda, llega a resultarnos grata, no porque diga que aprendió español con su padre en La Gomera, sino por decirle a Trump que no tiene que mendigarle nada, algo impensable en Feijóo o Abascal.
Pero el colofón de la entrada en la canícula ha sido el sabotaje a bordo del PP. A Ayuso le ha sentado mal la retractación de Feijóo, que haya corrido un tupido velo sobre el procés con tal de atraer los siete diputados de Junts para la censura. La baronesa dijo en el Club Siglo XXI que no está de acuerdo con “pasar página”, y, antes, al contrario, alienta el eslogan de “alejarse de la amenaza independentista”. Ella no se mueve. Allá Feijóo con su tacticismo.
Otrosí, un Aznar vehemente, sin rastro de recuerdo de su pacto del Majestic, en el 96, con Pujol en forma (CiU), y PNV y CC como socios de investidura, ha desautorizado esta semana la entente de Feijóo con Puigdemont y le desafía a uno de esos trabajos de Hércules: una impensable “mayoría nacional de izquierda a derecha” de proporciones “históricas”, para salvar a España de un “cambio de régimen” (se sospecha de Sánchez). En su catilinaria, lo condena al fracaso, como si le deseara la derrota.
Cualquiera diría que Ayuso y Aznar están poniéndole palos en las ruedas al candidato. Son las ambiciones de la baronesa, quiere ser presidenta, ya no de Madrid, sino de España, y Feijóo es un escollo en su camino. ¿Está a tiempo de saltárselo o solo le queda esperar que no gane por segunda vez? Ayuso tiene el vértigo de la grisura de presidir Madrid sin poder meterse con Sánchez en la Moncloa. Aznar volvería a los cuarteles de invierno, sin poder pontificar. Como Felipe González perdería morbo y caché. Los tres viven al calor del sanchismo, y es la trampa saducea que persigue a Feijóo.
